1. MANIFESTACIONES SOCIALES
1.1. ¿QUÉ ES UNA MANIFESTACIÓN SOCIAL?
Si alguna criatura experimentaba alegría,
la condición de todas las demás incluía un
fragmento de alegría. Y si algún ser humano sufría,
ningún otro podía eludir enteramente el dolor.
De este modo, un animal gregario como el hombre
podía adquirir un factor de supervivencia más elevado.
Una manifestación social es “...el proceso de (re)constitución de una identidad colectiva, fuera del ámbito de la política institucional, por el cual se data de sentido a la acción individual y colectiva...”[1]. Desde el punto de vista de nuestro estudio, puede entenderse como una agrupación encaminada a expresar opiniones sobre distintas cuestiones de diversa índole que tienen como finalidad lograr un cambio en el entorno de la sociedad en la que se desarrollan mediante el pregonar de sus ideales.
Podemos diferenciar a las manifestaciones sociales de los movimientos sociales. Una manifestación “...Es el medio de declarar ó (sic) descubrir á (sic) los demás alguno de nuestros deseos o sentimientos. Por su índole, encaja la manifestación y el derecho consiguiente de hacerla dentro del grupo de las libertades políticas que [también se denominan] libertades públicas. Estas libertades tan interesantes en el Derecho moderno, se clasificaron en el lugar que se indica, obedeciendo dicha sistematización, cuando el pensamiento se exterioriza, no sólo á (sic) esta manifestación en sentido extenso que del mismo pueda hacerse, sino al ambiente en que dicha manifestación se hace pública. [...] [Son entonces] las reuniones y asociaciones en general las que sirven para hacer posible el ejercicio de aquellas libertades, siendo á (sic) su vez dichas reuniones y asociaciones, libertades públicas también, ó (sic) lo que es lo mismo, libertades políticas lato sensu...”[2]. Por su parte, "...los movimientos sociales [son] una acción colectiva continuada encaminada a promover o resistir un cambio en la sociedad o grupo del cual forman parte..."[3] los cuales cuentan con cuatro características: "...1) la existencia de valores compartidos, una meta o un objetivo sostenido por una ideología, 2) un sentido de pertenencia, un sentimiento de <<nosotros>>, que establece una distinción entre los que están a favor y en contra, 3) normas compartidas de cómo deben actuar los seguidores y definiciones de los miembros, y 4) una estructura con una división del trabajo entre los líderes y las diferentes clases de seguidores..."[4]. Dentro de la historia de la humanidad, estos fenómenos sociales rara vez confluyeron en un partido político; sin embargo, en los recientes años, principalmente en la Ciudad de México con las elecciones presidenciales del año 2006, este esquema se rompió y las mayores manifestaciones sociales en las calles se dieron como consecuencia de la convocatoria de partidos políticos. Cabe mencionar que no obstante ser convocadas por organizaciones partidistas, esas manifestaciones no perdieron su esencial presión a los grupos que ostentan el poder.
Las manifestaciones sociales son el equivalente de la acción popular, apoyando o rechazando realidades sociales, organizándose un colectivo social a manera de un grupo de presión. Dichos grupos cuentan con la peculiaridad de una permanencia limitada y de un número de personas representativo, con relación a los que sufren o ignoran el problema. En ocasiones estas manifestaciones sociales se consolidan y se convierten en fuertes movimientos sociales, su recuerdo histórico es muy antiguo, por ejemplo: los comuneros de París, las diversas revueltas de esclavos en la antigua Roma o la Revolución Rusa. "...La conflictividad social es una constante histórica. No importa el siglo ni el modelo de sociedad, siempre ha habido personas disconformes con la sociedad que le ha tocado vivir y cuando se han puesto de acuerdo para modificarla, se ha producido en movimiento social..."[5].
La vocación de las manifestaciones sociales es muy grande por su diversidad y por sus variados objetivos, es una de las vías lógicas y sencillas de participación ciudadana. Son el micrófono de aquél que no tiene acceso a los medios de comunicación, son el medio idóneo para que los ojos de una nación se posen sobre ellos y, sobre todo, son el arma moderna de las clases bajas que presiona a los grupos que ostentan el poder. "...En las movimientos (sic) de las sociedades postindustriales, satisfechas con los frutos del estado de bienestar, desaparece la marcha hacia la transformación global de la sociedad. Aparecen de nuevo movimientos con la finalidad parcial, buscando la solución a problemas muy concretos..."[6].
1.2. ¿QUÉ MOTIVA A UN SECTOR SOCIAL A MANIFESTARSE? (PSICOLOGÍA DE LAS MASAS)
A nivel mundial, en nuestros días, los individuos saltan a las calles en una muestra de desorganizada gallardía con la meta de que sus opiniones sean escuchadas por el resto de la población. Estos colectivos, lejos de estar integrados por grupos anárquicos, se encuentran conformados por toda una gama de personas con niveles de estudio diferentes y, en muchas ocasiones, por individuos de distintos niveles socio-económicos.
Cada persona tiene un comportamiento singular como individuo. Sin embargo, esos comportamientos “cotidianos” de una persona son modificados al encontrarse ésta en el grueso de una masa que se manifiesta en las calles. Cada individuo se desliga de su “yo” particular y pasa a formar parte de una conciencia colectiva que se comporta como “un todo”. Un erudito de ideas conservadoras, al encontrarse inmiscuido en un grupo manifestante, puede convertirse durante ese momento en alguien que se atreve a agitar pancartas y gritar frases de protesta en contra de un cierto hecho. Por ello, es pertinente estudiar en primer término qué es lo que influye en una masa para que las identidades particulares de los individuos se pierdan para pasar a formar parte de una conciencia colectiva que actúa como un todo con la intención alcanzar un fin determinado, cuestión que es estudiada por la psicología social o psicología colectiva. "...La Psicología Social es el estudio científico de la manera en que la interacción con otros afecta a nuestros pensamientos, sentimientos y conducta..."[7].
La psicología social o colectiva tiende a ver al individuo como parte de un grupo en el que se desenvuelve y desarrolla sus actividades cotidianas. "...Todos pertenecemos a uno o más grupos aparte del de la familia: un equipo deportivo, un club social en la escuela o en el trabajo, un grupo religioso, un grupo que trabaja para un candidato político [...] Además de los grupo voluntarios, hay otros a los que uno pertenece de modo automático. La afiliación a ellos depende del sexo, religión, raza, etnicidad e incluso de la región geográfica. [...] El grupo se distingue del agregado social, osea un mero conjunto de personas cuya relación no pasa de ser accidental o superficial. [...] Las personas se unen a los grupos impulsadas por motivos de lo más diverso. Quizá se sientan atraídas por otros miembros y quieran relacionarse con ellos. Quizá les gusten las actividades del grupo y deseen participar en ellas. [...] El hecho de adscribirse a un grupo es a veces un medio de conseguir privilegios y hacer contactos útiles. [...] Otras veces uno se afilia al grupo por el apoyo social que recibe de él..."[8]. Los grupos a los que un individuo pertenece pueden darse de manera natural, como se da en el caso de las familias, pero la afiliación a otros grupos dependerá de la identidad que el individuo sienta con los demás miembros integrantes y de la sensación de comodidad y satisfacción que éste le genere.
La psicología colectiva analiza al individuo en su forma de actuar rodeado de otros individuos y se plantea una simple pregunta ¿qué es una masa y cómo influye tan decisivamente en los individuos? "...A veces la mera presencia de un grupo desorganizado de personas puede influir en el comportamiento..."[9]
Para Gustave Le Bon, "...La personalidad consciente se esfuma, los sentimientos y las ideas de todas las unidades se orientan en una misma dirección. Se forma un alma colectiva, indudablemente transitoria, pero que presenta características muy definidas [...] Forma un solo ser y está sometida a la ley de la unidad mental de las masas [...] El hecho más llamativo que presenta una masa psicológica es el siguiente: sean cuales fueren los individuos que la componen, por similares o distintos que puedan ser su género de vida, ocupaciones, carácter o inteligencia, el simple hecho de que se hayan transformado en masas les dota de una especie de alma colectiva..."[10]. La participación en los actos de la masa dota a los individuos de un anonimato en el que pierden su esencia personal y se comportan de una manera diferente a la forma en la que se conducen en el desarrollo de sus actividades cotidianas. "...La presencia de una multitud puede hacer que el individuo se conduzca de forma fuera de lo normal. [...] Este fenómeno proviene a menudo de un anonimato que se experimenta cuando se actúa en un grupo. [...] Las personas pierden el sentido de responsabilidad de sus acciones y creen justificado su comportamiento tan nocivo. La cohesión y uniformidad del grupo son elementos esenciales de la despersonalización, lo mismo que la actividad grupal y un centro externo de atención. Ambas cosas aumentan la desindividualización, pues disminuyen la conciencia de sí mismo y, en consecuencia, la autovigilancia que se requiere para el autocontrol..."[11]. Al perder el autocontrol de sus actos, el individuo realiza acciones que en su vida cotidiana no realiza. Una persona con rectitud social, al verse protegida por el anonimato es impulsada a participar en actos vandálicos y amotinamientos violentos por el contagio del resto de los participantes en la masa.
Los sentimientos se contagian entre los integrantes de la masa y el sentido de individualización se nulifica, desaparece la personalidad consciente y, motivados por el entusiasmo del momento, se cede lugar a los actos de la multitud, sugestionando a las personas que ahora son dominadas por una conciencia homogénea. De acuerdo con Le Bon "...En el alma colectiva se borran las aptitudes intelectuales de los hombres y, en consecuencia, su individualidad. Lo heterogéneo queda anegado por lo homogéneo y predominan las cualidades inconscientes..."[12]. La presión sugestiva que ejerce la masa en el individuo retrotrae su conciencia y sus acciones a estados primitivos que se alejan de las actividades propias de la evolución social. "...Los sentimientos buenos o malos, manifestados por una masa, presentan la doble característica de ser muy simples y muy exagerados. En este aspecto, así como en otros tantos, el individuo-masa se aproxima a los seres primitivos..."[13].
El celebre Sigmund Freud hace un extenso análisis de los estudios de Le Bon respecto del tema de que se trata, resaltando la alteración que ocasiona la masa en los individuos y la manera en que los participantes se sugestionan al grado de perder su sentido de identidad personal: "...Dejemos ahora a los individuos y atendamos a la descripción del alma de las masas tal como Le Bon la bosqueja. No hay en ella rasgo alguno cuya reducción y ubicación ofrecieran dificultades al psicoanalista. El propio Le Bon nos indica el camino apuntando la coincidencia con la vida anímica de los primitivos y de los niños [...] La masa es impulsiva, voluble y excitable. Es guiada casi con exclusividad por lo inconsciente. Los impulsos a que obedece pueden ser, según las circunstancias, nobles o crueles, heroicos o cobardes; pero, en cualquier caso, son tan imperiosos que nunca se impone lo personal, ni siquiera el interés de la autoconservación. [...] Los sentimientos de la masa son siempre muy simples y exaltados..."[14].
La fascinación de la masa hace perder a los individuos el sentido de civilización y los sentimientos dominan a la multitud que se convierte en un grupo impulsivo, crédulo y fácilmente influenciable que actúa casi por instinto. La capacidad intelectual desciende y se pierde sentido de la realidad. En ocasiones, la conciencia de la masa orilla a que se pierda el sentido que le dio origen. Cuando una masa surge con la finalidad de obtener un resultado fijo, la pérdida de la capacidad intelectual de los individuos ocasiona que los objetivos originales se vuelvan confusos y la obtención de resultados se tergiverse. "...El fenómeno que los psicólogos sociales llaman pensamiento de grupo puede aminorar mucho la eficacia del grupo en planeación y en la solución de un problema. Suelen presentarse en condiciones de estrés tratándose de grupos muy cohesivos que están tan concentrados en llegar a un consenso que cada miembro interrumpe su sentido de juicio crítico. Deseosos de permanecer fieles al grupo, se adhieren a políticas y cursos de acción ya aceptados por el grupo aún cuando se dan cuenta de que no consiguen buenos resultados y de que hay otras opciones mejores. Están dispuestos a aceptar cualquier propuesta del líder o de la mayoría. Si un miembro expresa reservas acerca de la política, de inmediato lo presionan para que 'no haga olas'. Y así, incluso personas muy inteligentes se ven obligadas a dejar de pensar en forma independiente, de ponderar otras opciones, a abandonar su consideración de los principios morales e ignorar todos los demás elementos que intervienen en una decisión bien estudiada..."[15] La masa, como hemos visto, no tiene iniciativa individual y sigue a un líder, se crea una identidad colectiva y se disminuye lo intelectual e intensifica lo afectivo y no puede moderarse.
La conducta de un individuo es modificada cuando éste es parte de una masa. Pero la conducta cotidiana es regida por normas impuestas por la sociedad en la que se desarrolla y es afectada por los grupos con los que convive. "...Como animales sociales que somos, lo seres humanos sabemos agruparnos en familias, grupos educativos, religiosos, sociales y laborales. En la mayoría de los casos, la conducta dentro de estos grupos se rige por normas [...] Cada grupo al que pertenecemos tiene sus propias normas. En familia se suele hablar de determinada manera y evitar ciertos temas. En cambio, la conversación con los amigos suele regirse por un código totalmente diferente. [...] Los seres humanos no parecen sentirse a gusto sin normas..."[16]. La adaptación a esas conductas genera en el individuo una sensación de comodidad al grado que, un cambio en la cotidianeidad producido por nuevas realidades generadas por la evolución del pensamiento social, crea una sensación de rechazo que sólo puede ceder ante la presión del resto del grupo o ante la apertura conciente a esas nuevas costumbres.
No debemos olvidar que también hay una sugestión recíproca de los miembros entre sí. El concepto de instinto gregario de Wilfred Trotter puede ayudarnos a aclarar esto. El individuo se siente incompleto cuando está solo, por eso tiende a agruparse en unidades más amplias. “...el individuo consciente sentirá una sensación de comodidad en la presencia real de sus compañeros, y un sentido similar de incomodidad en ausencia de éstos. Será verdaderamente evidente para él que no es bueno que el estar solo. La soledad será un verdadero terror...” [17], instinto que resulta primario e irreductible a otros (como también lo son según Trotter el de nutrición, la autoconservación y el sexual)[18].
Cabe resaltar que la igualdad entre los miembros de la masa se da sólo entre ellos, no con el jefe, a quien consideran superior. Entonces, a diferencia de la consideración de Phillip K. Dick en su obra ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?[19], podemos señalar que el hombre, más que un animal de sentimientos gregarios, es una animal de horda conducido por un jefe.
Considerando lo anterior y recordando que una manifestación social en las calles se encuentra conformada (en su gran mayoría) por sujetos en edad suficiente para comprender su actuar, podemos afirmar que la conducta de una masa de manifestantes puede considerarse como una misma conducta, puesto que los individuos se desenvuelven como un todo y, si bien no son todos iguales o realizan una sincronización coordinada de movimientos exactos, estos sujetos sí se mueven en una misma dirección, con un mismo objetivo, en un mismo contingente y, lo más importante, de una misma forma (ordenada, anarquista o decorosa).
Así, al sentirse el individuo identificado con la masa manifestante, éste encuentra un paralelismo conductual el cual le aporta el valor de salir a la vista de todos a expresar una opinión que, quizá solo, no se atrevería a expresar de la misma manera.
Con ello, las pancartas, consignas y medios de expresión propios de una manifestación en las calles no son más que un instrumento de identificación que une a un grupo que tiene una misma finalidad. Ello es lo que motiva a un sector determinado de una sociedad a manifestar sus ideas en espacios públicos, con la intención de ser escuchados por el resto de la población que no pertenece al grupo manifestante y, posiblemente, sumar adeptos a su causa.
1.3. MANIFESTACIONES SOCIALES EN LA HISTORIA EUROPEA
Podemos considerar a las rebeliones como un levantamiento o sublevación de algunos contra el gobierno constituido o como una acción de impedir con violencia la ejecución de las órdenes emanadas de la autoridad pública[20]. Aquellos quienes participan en una rebelión, son denominados rebeldes.
Durante la historia de la humanidad, las rebeliones han sido una de las principales formas de manifestaciones sociales. Las manifestaciones han ido evolucionando hasta llegar a las modernas rebeliones que se presentan en nuestras calles como marchas y plantones, siendo estos fenómenos sociales las actualizadas formas de rebelión en contra de las decisiones o actuar de los grupos que ocupan los cargos de poder.
Sin embargo, para estar en posibilidad dar una idea de lo que aquí exponemos, debemos analizar las más importantes rebeliones que se han suscitado a lo largo de la historia moderna con la intención de comprender un poco más cuáles son las motivaciones que impulsan a un grupo a manifestar sus opiniones en las calles. Por ello, es conveniente realizar una recapitulación histórica de las manifestaciones sociales que han influido en la formación de nuestra historia como humanidad toda vez que no podríamos estudiar a la libertad de expresión si primariamente no hacemos un análisis de las luchas que fueron necesarias para conseguir la consagración de este derecho.
1.3.1. LAS GUERRAS SERVILES
Entre los años 139 y 133 antes de Cristo[21], se dio la llamada Primera Guerra Servil, la cual tuvo como escenario Sicilia, que durante aquella época se caracterizó por ser una tierra propicia para el cultivo. Gracias a las constantes guerras de Roma los esclavos abundaban y eran utilizados para explotar la agricultura en sus tierras. “...Sicilia, como consecuencia de una larga tradición púnica y helenística, había desarrollado un tipo de economía agrícola basada en la extensión del latifundismo y de grandes pastizales, explotados gracias a una numerosa mano de obra servil, cuyo rendimiento descansaba en una escrupulosa reducción de los costes, que regateaba lo indispensable al esclavo, en un inhumano régimen de brutalidad y degradación...”[22]. Pese a ser el principal motor de la producción en el cultivo de las tierras, los esclavos vivían en condiciones de sobre explotación. Asimismo, la concentración de grandes extensiones de tierra en manos de unos pocos y la creciente población de esclavos para la explotación del campo ocasionó que los ciudadanos libres que no eran latifundistas entraran en una crisis económica por la desocupación a la que se enfrentaban.
En medio de un clima lleno de condiciones de explotación y necesidad estalló la revuelta, la cual inició en la ciudad de Enna, en la propiedad del latifundista Damófilo. "...Cerca de la ciudad de Enna, los esclavos de un cierto Damófilo, famoso por su brutalidad, tramaron un complot que culminó con el asalto a la ciudad y la masacre o el encarcelamiento de la población libre..."[23].
Indro Montanelli, estudioso italiano de la historia de Roma, describe esta rebelión de la siguiente manera: “...En 139 estalló una auténtica guerra «servil», encabezada por Euno, que degolló a la población de Enna, ocupó Agrigento y en breve, con un ejército de setenta mil hombres, todos esclavos rebeldes, se adueñó de casi toda Sicilia, derrotando incluso a un ejército romano. Hubo que luchar seis años para someterle. Pero el castigo fue, como siempre, adecuado a los esfuerzos...”[24].
Euno, un sirio esclavizado que decía ser un profeta de los dioses, encabezó a los sublevados y a varios hombres libres que se unieron a su causa, los cuales se identificaban con los rebeldes ante la necesidad en la que habían caído como consecuencia de su crisis económica. Tras varios triunfos sobre el ejército romano, Euno se proclamó rey de Enna. "...De los esclavos conjurados se había destacado un sirio de Apamea, Euno, que, al profetizar el éxito de la empresa, fue proclamado rey. Con el nombre Antíoco, Euno introdujo los principios y símbolos de la monarquía helenística, elevó a la categoría de reina a su compañera, creó un consejo de estado y se dotó de un ejército de hasta 6.000 hombres [...] Pronto el ejército servil alcanzó la cifra de 20.000 hombres..."[25]. Euno logró en poco tiempo la conquista de la mayor parte del territorio siciliano.
La respuesta de Roma fue el envió de más tropas para combatir a los rebeldes, hasta que en el año 133 a. C. el cónsul Lucio Calpurnio Pisón logró una victoria en la ciudad de Morgantina que debilitaría definitivamente a los sublevados, triunfo que fue completado por cónsul Publio Rupilio con el sitio y posterior reconquista de los territorios de Tauromenio y Enna. "...Publio Rupilio, consiguió la definitiva victoria en [el año] 132 [a. C.], cuando, tras la caída de Tautomenion, el núcleo del reino, Enna, pudo ser conquistado. Pero aún hubieron de llevarse a cabo operaciones de limpieza para acabar con las partidas en que el antiguo ejército servil se había disgregado. Rupilio coronó al fin su obra con la redacción, asistido por una comisión senatorial, de un estatuto provisional, la lex Rupilia, por la que, a partir de entonces, se regiría la isla..."[26].
Así, la primera Guerra Servil trajo a los integrantes de la revuelta una cierta autonomía para la isla de Sicilia con la promulgación de la mencionada ley, por lo cual podemos señalar que, de un cierto modo, los rebeldes alcanzaron un objetivo que, a su vez, resulta una eterna búsqueda del ser humano: el reconocimiento de la libertad "...llama la atención [...] el hecho de que los sublevados nunca pretendieron la eliminación de la esclavitud. Ésta se consideraba obvia; el motor de lucha no es otro que liberarse de sus dueños, a los que se hace sumaria justicia..."[27].
La Segunda Guerra Servil también tuvo como escenario Sicilia, en donde un esclavo llamado Salvio dirigió una revuelta entre los años 104 al 95 a. C. Los conflictos de los romanos con los cimbios y teutones se recrudecieron para el año 104 a. C., por lo que fue necesario comenzar a organizar una campaña militar para sofocar a la amenaza celto-germana.
La estrategia romana contemplaba el reclutamiento de hombres que engrosaran las filas de sus legiones. Se requirió a los esclavistas que liberaran a aliados capturados en incursiones y que vivían en condición de esclavitud para que formaran parte ejército, sin embargo los esclavistas del reino de Britinia se negaron alegando que la mayoría de los bitinios capaces de auxiliar en la causa bélica romana habían sido reducidos a la esclavitud a causa de la recaudación de impuestos "...Durante los reclutamientos que, en 104, intentaba reunir los efectivos militares precisos contra la inminente campaña contra los germanos, el rey cliente de Bitinia, Nicomedes III, hiperbólica o realmente, intentó sustraerse a la obligación de proporcionar contingentes auxiliares, pretextando que la mayoría de los bitinios en edad de llevar armas habían sido conducidos a la esclavitud por los insaciables recaudadores romanos de impuestos. La queja tuvo un efecto inmediato en la promulgación, a ruegos de Mario, de un senatusconsulto por el que se encargaba a los gobernadores provinciales la liberación de todos los ciudadanos procedentes de estados aliados que hubieran sido irregularmente esclavizados..."[28]. El propretor y gobernador de Sicilia, P. Licino Nerva, inició una serie de investigaciones que tenían la finalidad de determinar quiénes eran aquellos que habían caído en la esclavitud en condiciones irregulares.
Las investigaciones de P. Licino Nerva dieron como resultado en poco tiempo la liberación de centenares de esclavos. Sin embargo, como consecuencia de la presión de los esclavistas las liberaciones se paralizaron, lo que ocasionó una sublevación de aquellos que no habían sido liberados y orillaron a los dueños de los esclavos a solicitar ayuda militar en contra de los rebeldes. No obstante, la derrota de los destacamentos romanos a manos de los sublevados incrementó la rebelión "...La derrota, sin embargo, de los primeros destacamentos enviados al lugar de la rebelión, incrementó el número de los sublevados, que se dieron un rey, Salvio, y organizaron sus fuerzas como un ejército regular, con el que pusieron sitio a la ciudad de Morganita. Paralelamente, en el extremo occidental de la isla [de Sicilia], un segundo foco de rebeldes, unidos en torno al cilicio Atenión, atacaron Lilibeo. Si bien ninguno de los asedios prosperó, la sublevación continuó aumentando con la incorporación de nuevos esclavos e, incluso, como en 133, con elementos desclasados de la población libre..."[29]. Con la unión de sus fuerzas a las de Atenión, Salvio se proclamó rey "...La amenaza llegó a su punto culminante con la conjunción de las fuerzas de Atenión a las de Salvio, que, reconocido por el primero como rey, tomó el nombre de Trifón..."[30].
Las fuerzas enviadas por los romanos poco podían hacer en contra de los sublevados. Las legiones enviadas a combatir estaban integradas en su mayoría por soldados que no habían experimentado en carne propia la guerra. Fue hasta el año 103 a. C., una vez controlada la amenaza celto-germana, que el Senado Romano se organizó para enviar un ejército formado con hombres experimentados en batalla, comandado por Lúculo, para enfrentar y sofocar en Escirte a los sublevados. La primer batalla culminó con la muerte de Salvio, por lo que Atenión tomó el mando de los rebeldes, pero dos años después, en 101 a. C., los romanos asestaron el golpe definitivo con el envío de las legiones comandadas por Aquilo para reforzar a los hombres de Lúculo. "...Roma pudo enviar al nuevo pretor Lúculo, en 103, con fuerzas estimables, que, sin embargo, se estrellaron contra los muros de la ciudad, obligando al levantamiento del asedio. Sólo una vez liquidada la guerra cimbria, con la presencia en Sicilia del cónsul Aquilio, colega de Mario, en 101, se logró dominar por completo la rebelión..."[31].
En esta Segunda Guerra Servil, al igual que en la primera, los esclavos fueron derrotados, muriendo éstos en combate y, los sobrevivientes, vueltos a ser hechos esclavos. Sin embargo, aunque fue por poco tiempo, los rebeldes consiguieron también su objetivo: la ansiada libertad. Está revuelta marcó un gran precedente y dejó el campo preparado para la tercera y más importante Guerra Servil, la cual fue liderada por Espartaco y que sirvió como inspiración a generaciones posteriores.
La Tercera Guerra Servil (también llamada Guerra de los Gladiadores o Guerra de Espartaco) fue la última y más significativa de esta serie de revueltas de esclavos en contra de Roma. Esta revuelta fue la única que consiguió plantear una verdadera amenaza en contra de la República Romana, y fue alarmante por los continuos éxitos de la creciente rebelión de esclavos en contra del ejército romano, "...en Capua, surgió, en el verano del 73 [a. C.], un complot de fuga acaudillado por un esclavo tracio, desertor del ejército, Espartaco, que consiguió con otros 70 compañeros su propósito de escapar..."[32].
Los esclavos huidos deambularon por la provincia romana de Italia. Espartaco, mismo es descrito por los historiadores como “…hombre de buen linaje y de notables cualidades…”[33] junto con sus hombres logró sorprender a un grupo de soldados romanos que seguían su rastro. Este primer triunfo del gladiador rebelde le dio una fama que trascendió fronteras y lo comenzó a erguir como líder entre los sublevados: "...El éxito de esta primera escaramuza pronto trascendió por la región, extendiendo fama de Espartaco y, por supuesto, las adhesiones, en especial, entre los esclavos, relativamente más libres, dedicados a la ganadería y, por supuesto, entre los gladiadores, que, conducidos por Crixos y Oenomaos, dos galos, se unieron a Espartaco, hasta alcanzar la ya considerable cifra de 7.000 hombres..."[34], número que, con posteriores triunfos sobre batallones romanos, se incrementó en decenas de miles.
Gracias al prestigio de sus triunfos sobre las fuerzas romanas, al ingenio como estratega militar de su líder y a la unión de más rebeldes que habían sido militares, el ejército de Espartaco causó incontables estragos que intimidaron a las clases altas de la sociedad romana. "...La sublevación de Espartaco puso singularmente de manifiesto, frente al partido de los <<ricos>>, esa otra fuerza: los prisioneros de guerra, convertidos en esclavos, que se sublevan en Apulia, la Sasilicata y el Brutium; aquellos celtas, germanos, tracios, cuyas filas fueron engrosadas por algunos italianos. Con efectivos que oscilaban entre 60 000 (según Eutropio) y 120 000 (según Apiano), recorrieron Italia, saquearon aldeas, devastaron las tierras, se llevaron los caballos, incendiaron las granjas, sembraron el terror..."[35].
Los continuos éxitos militares de los esclavos liderados por Espartaco y los estragos contra las ciudades y los campos romanos, ocasionó que ningún jefe militar romano quisiera asumir la tarea de sofocar la rebelión, pero la creciente alarma orilló al Senado de Roma a reunir un ejército de varias legiones bajo el liderazgo severo pero efectivo de Marco Licinio Craso. Pero lo planes del ejército romano no fue lo único que operó en contra de Espartaco: por diferencias entre el tracio y sus aliados, Crixos y Oenomaos, las fuerzas de los sublevados se dividieron y debilitaron su poder bélico. "...El poderoso ejercito [romano], a cuya cabeza puso el senado al pretor Craso, era índice del pánico que la rebelión había suscitado y de la voluntad de acabar definitivamente con él [...] El senado, a instancias del pretor, ordenó a Lúculo [...] la colaboración con Craso, lo mismo que a Pompeyo [...] Lúculo consiguió aniquilar un importante grupo de esclavos, escindido de Espartaco, a las órdenes de Casto y Cannico. El propio ejército del tracio hubo de aceptar por fin batalla en Apulia contra Craso. Espartaco encontró la muerte, mezclado y perdido en el gigantesco montón de cadáveres..."[36].
La guerra terminó en el año 71 a. C. cuando, tras una larga y amarga retirada ante las legiones de Craso y la comprensión de que las legiones de Pompeyo y Lúculo estaban avanzando para encerrarlos, los ejércitos de Espartaco se lanzaron con toda su fuerza contra las legiones de Craso y fueron completamente aplastados. Espartaco “...perdió una batalla y ganó todavía otra a Casio. Y finalmente se encontró frente a frente con la Urbe, que se quedó sin resuello, aterrado, al ver que todos los esclavos de Italia y los de la misma Roma, donde constituían una peligrosa quinta columna, se unían a los insurrectos y formaban un alud con ellos [...] Consciente de haber llegado ya al fin, Espartaco atacó, se lanzó personalmente en medio de la refriega, mató con sus manos a dos centuriones y fue a su vez talmente (sic) acribillado a heridas que no hubo, después, posibilidad de identificar su cadáver...”[37].
Aunque la revuelta de Espartaco es notable por sí misma por las leyendas que se han forjado a través de los tiempos sobre el rebelde tracio, la Tercera Guerra Servil fue altamente significativa en la historia de la antigua Roma. Uno de los objetivos de la rebelión era acabar con el sistema esclavista, al menos en Italia. Si bien ese objetivo no se logró de inmediato, la rebelión de Espartaco puso en movimiento una serie de acontecimientos que a la larga resultaron en la caída de la gran Roma. Tomando en cuenta que el sistema esclavista convierte el trabajo en una actividad para esclavos, hemos de concluir que su rendimiento productivo era muy bajo. Todo esto originó una aguda crisis agropecuaria en Italia que se extendió hasta las provincias, y que, aun con todas las medidas que tomaron los emperadores romanos, nunca pudo resolverse.
Así las Guerras Serviles dejaron su huella en el mundo y sirvieron de parte aguas en la historia de humanidad. Con ellas se modificaron las relaciones esclavistas en el mundo antiguo y marcaron los primeros pasos hacia la obtención de libertades que, hasta ese momento, eran impensables, libertades que si bien hoy nos parecen inherentes al ser humano, éstas no se hubiesen conseguido sin la libración de estas primeras batallas por alcanzar la libertad y la igualdad comunitaria.
1.3.2. LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y EL SURGIMIENTO DE LOS DERECHOS HUMANOS
La Revolución Francesa fue el cambio político más importante que se produjo en la historia europea a fines del siglo XVIII y uno de los más relevantes en la historia de la humanidad. "...Los hechos acontecidos en Francia a partir del verano de 1789, y por espacio de unos años, hasta el advenimiento de Napoleón al poder, constituyen uno de los episodios con más influencia en nuestra historia reciente..."[38]; “...Considerada desde mediados del siglo XIX como la época de corte entre dos periodos de la larga historia, la historia moderna y la historia contemporánea, la Revolución francesa se impone incontestablemente como el acontecimiento más importante de la historia europea del siglo XIX...”[39].
Varios autores coinciden en que sin lugar a duda, “...La Revolución francesa de 1789 es uno de los acontecimientos más importantes de la historia humana, cuyo significado excede los límites de su propio país para extender su influencia a Europa y América. La Revolución de 1789 marca la derrota definitiva del feudalismo en Francia y la conquista del poder político por parte de la burguesía...”[40]. La influencia de la Revolución francesa trascendió no sólo fronteras, sino el tiempo mismo, siendo este acontecimiento uno de los más importantes en la historia de la humanidad que a la fecha sigue siendo objeto de diversos estudios.
Pero para entender por qué se dio esta lucha armada, debemos comenzar por analizar la situación de Francia en aquella época para comprender la motivación que el pueblo francés tuvo. En vísperas de la Revolución, “...Francia es una monarquía absoluta de derecho divino...”[41] que se hallaba bajo el dominio de los nobles, la iglesia y el propio rey, quienes basaban su gobierno en el sistema feudal. La opresión del pueblo y la pobreza de éste eran evidentes en el suelo francés.
Pero no sólo el pueblo atravesaba dificultades económicas. El Estado se encontraba en una situación precaria “...Medio siglo hacia que estaba amenazada la realeza [francesa] por el estado de su hacienda. Casi constantemente tenía déficit en el presupuesto...”[42], y la mayoría de su población se dedicaba al cultivo de las tierras que pertenecían a los señores feudales "...La Revolución tuvo lugar en una Francia de unos 26 millones de habitantes, de los cuales casi el 80 por 100 eran campesinos..."[43]. Aunado a la crisis monetaria, se tenía que sustentar un gran ejército permanente debido a las constantes guerras que sostenía Francia no sólo en Europa, sino también en América, lo cual acarreó un incremento en la deuda de la monarquía.
Para poder subsanar ese aumento en su deuda, la monarquía recurrió al tradicional intento de elevar los impuestos. De esa misma manera, también se trató de conseguir que la nobleza y el clero colaboraran con el Estado para salir de la precaria situación “...A pesar de todo, la situación financiera no era irreparable por sí misma. Bastaba con pedir a los dos órdenes privilegiados [nobleza y clero], que hasta entonces no pagaban casi nada, una contribución anual de 80 millones y obtener del clero que enajenara 500 millones de sus vastos dominios...”[44].
La medida provocó malestar y negativas entre los nobles. Al estar acostumbrados al cobijo y complacencia del Estado, la nobleza lo tomó como una ofensa en su contra en virtud de que consideraban el pago de impuestos como una señal de plebeyez[45]. El recelo con el que los nobles y los integrantes del clero miraban estas medidas fue algo que el Estado no previó, sino que esperaba el apoyo de aquellos a los que siempre protegido con privilegios y beneficios que a nadie más se otorgaban.
El rey de Francia, Luis XVI, viendo la difícil situación económica que se asomaba, en 1789 “...Se convocan a unos Estados Generales [que era la asamblea formada por representantes del clero, la nobleza y el Tercer Estado, compuesto por plebeyos burgueses] por la monarquía para ordenar la hacienda...”[46] con la esperanza de finalmente obtener el beneplácito de los nobles y los integrantes del clero. En los Estados Generales, la toma de decisiones se sometía al voto, considerando siempre un voto por estamento, lo que ocasionaba que los votos de la nobleza y del clero, que mantenían un estatus privilegiado, superaran siempre al de la burguesía y, por lo tanto, siempre se tomaban las decisiones que a estos sectores les convenía.
La desventaja del Tercer Estado en la toma de decisiones era evidente, pero casi siempre inevitable, lo que avecinaba su derrota en las votaciones como había sucedido en ocasiones anteriores. Pero la historia dio un vuelco inesperado que ayudaría a cambiar la situación del Tercer Estado “...De repente, la popularidad de los parlamentarios se hundió. Llamado a arbitrar el conflicto inmediato sobre esta cuestión entre los privilegiados y el Tercer Estado [...] el rey adopta el 27 de diciembre una posición mediadora: duplicación del Tercer Estado pero silencia sobre el problema del voto. Nadie queda satisfecho...”[47]. La insuficiente medida del rey de Francia y su falta de carácter provocó que los tres sectores que componían a los Estados Generales se mostraran descontentos con el monarca, ocasionando que su poder y autoridad se tambalearan ante la falta de apoyo a las medidas que tomaba.
La carencia de resultados en las medidas del rey Luis XVI hicieron que los integrantes de los Estados Generales contemplaran con poca seriedad al monarca, orillando a éste a convocar a Necker, banquero y contador de próvida reputación y popularidad para la correcta celebración de los Estados Generales. Pero a la postre, contrario a los planes de Luis XVI, el banquero se inclinaría a favor del Tercer Estado. Necker pronuncio ante los Estados Generales un discurso en el que “...supo hablar tres horas sin comprometerse con la corte ni con el pueblo. El rey [...] no comprendía la gravedad del momento y dejaba a la reina y a los príncipes el cuidado de intrigar para impedir las concesiones que se le pedían...”[48], discurso que dejaría a todos insatisfechos, incluido al propio monarca que lo había convocado. Bajo la excusa de un luto nacional por la muerte de su hijo, el rey Luis XVI decide suspender durante dos meses la celebración de los Estados Generales.
Al día siguiente, el clero y la nobleza se reunieron por separado y durante cinco semanas el Tercer Estado trató de convencerlos para reunirse todos en sesión, pero sólo algunos integrantes de los otros dos estamentos se les unieron, dado que los comités realistas se esforzaban para mantener la separación de los tres estamentos. El descontento no se hizo esperar y en el aire se comenzaba a respirar el ánimo del disgusto popular. “...Las conferencias no daban resultado; pero el pueblo de París tomaba cada día una actitud más amenazadora. En París, el Palacio Real, convertido en club al aire libre, donde todo el mundo tenía acceso, se irritaba por momentos [...] Los diputados del Tercer Estado se sentían sostenidos, se animaban poco a poco, y el 17 de junio [de 1789], sobre una moción de Sieyés, se constituyen al fin en Asamblea Nacional...”[49].
El Tercer Estado comenzó a sesionar como Asamblea Nacional, y juraron solemnemente que ésta no se disolvería hasta no lograr conformar una Constitución Nacional. “…A los pocos días de que la asamblea nacional proclama sus acuerdos, el rey se presenta ante ella intentando convencer a los nobles y clérigos que se había incorporado al estado llano de que se retiren y tomen las decisiones por separado. Pero ante la actitud rebelde de la Asamblea, Luis XVI tiene que aceptar la decisión de los allí reunidos de convertir la asamblea nacional en asamblea constituyente, cuyo objetivo era elaborar la primera constitución francesa…”[50].
El rey no estaba dispuesto a aceptar el final de su absolutismo y destituyó a Necker “...la noticia de la destitución de Necker tiene el efecto de bomba en una ciudad recalentada: pánico financiero entre los acomodados, cólera y clima de insurrección entre las clases populares...”[51]. Motivados por tal acción del rey, y ante la presencia de tropas monárquicas en París y Versalles que vaticinaban un ataque de Luis XVI en contra de la Asamblea Constituyente, el 14 de julio de 1789 apoyados por la burguesía, los campesinos se dirigieron a la Bastilla, símbolo del régimen absolutista, que a su vez funcionaba como cárcel de los opositores al sistema de gobierno “...Los suburbios se insurreccionaron y forjaron 50.000 picas en treinta y seis horas; el 14 [de julio], el pueblo marchó contra la Bastilla, que pronto bajó sus puentes levadizos y se entregó...”[52].
Esta demostración inclinó la balanza en favor de los revolucionarios, desplazando así del poder a los partidarios del absolutismo. "...El alcance de este episodio trasciende con mucho el mero hecho considerado en sí mismo, para convertirse en el símbolo de la arbitrariedad real y, en cierto modo, del Antiguo Régimen que se hunde..."[53]. La Revolución francesa había iniciado y no habría marcha atrás.
La toma de la Bastilla no sólo marca el punto de arranque para los movimientos revolucionarios del pueblo francés, sino que también simboliza el inicio de una serie de acontecimientos que en pocos días conllevarían a la caída de un régimen que veía sus últimos días en Francia y en el resto del mundo: el feudalismo. La Revolución francesa marcó en la historia de la humanidad el final de este sistema como modo de gobernar "...Es menester reconocer que las conquistas más importantes, las que han cuestionado profundamente el orden social, son el fruto de la presión revolucionaria de las masas; lo mismo ocurrió en agosto de 1789 con la destrucción del feudalismo. [...] Al menos en teoría, la destrucción del antiguo régimen social se condujo con energía la noche del 4 de agosto. La denuncia del <<feudalismo>> de parte de los nobles más lúcidos y realistas llevó a una moción general que tendía a destruir el conjunto de las cargas feudales y de los privilegios..."[54].
Pero la caída de este sistema que, aún en la época de la Revolución francesa comenzaba a vislumbrarse como anticuado y carente de soluciones para los problemas de esas fechas, no es un resultado que se haya obtenido de manera aleatoria ni como una casualidad, sino que fue alcanzado como uno de los objetivos primordiales de la lucha revolucionaria. Los movimientos del pueblo francés no fueron directamente encaminados a la destitución y posterior ejecución de Luis XVI, sino que tenían como meta lograr la igualdad entre las clases y obtener los mismos beneficios que se le daban a las clases privilegiadas. "...El objetivo de la Revolución [francesa] era la destrucción del <<feudalismo>> [...] cuando hablamos de feudalismo nos referimos ante todo al sistema económico tradicional de un mundo dominado por la economía rural. En 1789, el mundo campesino representaba el 85 por 100 de la población francesa..."[55].
Aunado a los movimientos parisinos de la toma de la Bastilla, en las zonas rurales de Francia hubo una serie de levantamientos campesinos en contra los señores feudales que provocaron la restitución de Necker. A este movimiento se le conoció como “el Gran Miedo”: "...gracias al 14 de julio, el rey tuvo que ceder el día 16, volver a llamar a Necker [...] Así las cosas, la presión popular distó mucho de ser sólo parisiense, pues fueron muchas la ciudades que, siguiendo el ejemplo de París, hicieron su <<revolución municipal>>, a veces pacífica, cuando las autoridades cedían el sitio sin resistencia, a veces violentamente [...], constituyendo una ola antinobiliaria en la que a menudo ardían los castillos, ola violenta pero raramente sangrienta. En este contexto de rebeliones localizadas, la segunda quincena de julio asiste al nacimiento de un movimiento a la vez próximo y diferente: el Gran Miedo, que afectará la mitad del territorio francés [...] Él [Gran Miedo] provoca la sublevación agraria y se prolonga en el pillaje de los castillos y la quema de títulos de derechos señoriales. Desde este punto de vista, el Gran Miedo es mucho más que un movimiento [...], pues concreta la movilización de las masas campesinas y simboliza su ingreso oficial en la Revolución..."[56]. Ante las sublevaciones populares y la inminente revolución, muchos nobles franceses salieron del país buscando refugio en el extranjero para resguardar sus vidas y algunas pertenencias y riquezas que podían llevar con ellos en su huída.
Por fin, los movimientos populares vieron reflejados sus esfuerzos en la lucha por la igualdad cuando la Asamblea, presionada por los ánimos de los sublevados “...eliminó los derechos feudales y dio a conocer la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Inspirado el la Bill of Rights, el texto de esta Declaración señaló cuáles eran los derechos naturales e imprescindibles de todos los seres humanos: el respeto a su propiedad, la igualdad de todos ante la ley, el derecho a la libertad personal y el derecho de los pueblos a la insurrección cuando el gobierno fuera opresivo...”[57].
Esta Declaración inspiró textos similares en numerosos países de Europa y América Latina y marca un referente en el ámbito de los derechos a nivel internacional que sigue motivando a los estudiosos de nuestros días por ser considerada un pilar de diversos textos constitucionales modernos. "...La Declaración de Derechos [francesa] entraña el supuesto de una vida jurídica propia de la persona individual, y el no menos importante de la afirmación de esa vida en el Estado, que no puede suprimirla, ahogarla ni restringirla; y estos supuestos con otros, [...] son la raíz misma, el cimiento firme del régimen constitucional moderno, en lo que tiene de característico, y actos en cuanto éste se concreta y define un momento progresivo de la evolución política universal [...] es, sin duda, el instante más culminante del proceso en la formación de un derecho positivo de la personalidad -privada, individual-; representa indiscutiblemente el momento crítico de la acción expansiva; aquel momento supremo en que la idea innovadora que entraña se concreta en fórmulas jurídicas, definidas, las cuales, bajo el influjo de un conjunto de causas diversas, se difunden y propagan, reformando el sistema político de la Europa continental, y, de rechazo, de una parte de América- la América Latina..."[58].
La tradición revolucionaria francesa también está presente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, misma a la que se hará mención más adelante en el presente estudio.
Retomando la Revolución francesa, para decidir la forma de gobierno que regiría a Francia entró en funciones la Asamblea Legislativa, en la que se distinguían dos grandes grupos: los girondinos, oriundos de la provincia de La Gironda, que tenía una actitud moderadora respecto a los cambios políticos, y los jacobinos (cuyo nombre proviene de que se reunían en asambleas, llamadas clubes, en un convento ubicado sobre la calle San Jacobo), que tenían ideas más revolucionarias y de cambios radicales “...en la sala de la Asamblea [Legislativa], a la derecha, se sentaban los constitucionalistas, revolucionarios moderados, representantes de la burguesía industrial y comercial, conocidos como girondinos. Al centro un conjunto de diputados independientes, sin un programa definido, y la izquierda los representantes de la pequeña burguesía, los defensores de la Revolución y los demócratas más radicales conocidos como jacobinos...”[59]. No podemos dejar de hacer mención en que los términos usados en la política moderna que se refieren a los llamados “grupos de izquierda”, “grupos de derecha” y “grupos del centro” tiene su origen en las celebraciones de esta Asamblea Legislativa: como es notable en la actualidad, es común llamar de esa forma a los grupos que componen a las diferentes Asambleas Legislativas y Cámaras de Representantes dependiendo de su postura frente a determinadas políticas del Gobierno.
Entre tanto, el rey Luis XVI pidió ayuda a otros países europeos, los cuales comenzaron a hacer preparativos para derrocar al gobierno revolucionario francés. Advirtiendo los planes de sus opositores europeos, la Asamblea Legislativa francesa dio el primer golpe “...No esperando a que la agresión extranjera empezara, la Asamblea Legislativa se adelantó y declaró la guerra a Austria. Las masas francesas manifestaron exaltados sentimientos patrióticos contra la intervención extranjera y el rey. El 10 de agosto, el gobierno popular y revolucionario de la Comuna de París, instalado en la principal ciudad francesa y bajo la dirección de los jacobinos, asaltó las Tullerías, apresó al rey y convocó la elección, por sufragio universal, de una Convención Nacional. En 1792, la Revolución entró en una fase de radicalización ‘contra los enemigos del pueblo’. Las masas asaltaron las prisiones y ejecutaron aristócratas, clérigos refractarios (fanáticos) y otros sospechosos de atentar contra la Revolución [...] En los primeros días de 1793, Luis XVI fue juzgado por un tribunal, declarado culpable de traición a la patria y guillotinado...”[60].
El 19 de noviembre de 1799, ante la incapacidad del gobierno revolucionario para resolver los problemas más apremiantes, el general francés Napoleón Bonaparte, quien era presidido por su fama como estratega y militar, dio un golpe de Estado que cerró el periodo de la Revolución francesa “...A su regreso lleva a cabo [Napoleón Bonaparte], ayudado por sus partidarios, el golpe de estado del 18 Brumario, que cierra definitivamente el periodo revolucionario iniciado en Francia tras la convocatoria de los Estados Generales...”[61].
1.3.2.1. INFLUENCIA DE LA DECLARACIÓN DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE Y DEL CIUDADANO EN LA DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS
Aprobada el 10 de diciembre de 1948 por la Organización de las Naciones Unidas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos "... tuvo como uno de sus fines proteger los derechos humanos ‘a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión'..."[62]. Se compone de un preámbulo y treinta artículos, que recogen derechos de diversa índole, de los que se destaca su carácter civil, político, social, económico y cultural.
Esta Declaración tiene como un importante antecedente la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 "...Desde el punto de vista histórico, la Declaración de 1948 tiene su antecedente directo [...] en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano [...] de 1789, que contiene 17 artículos. Este documento de fecha 26 de agosto de 1789, proclamado en la Asamblea Nacional, es producto del inicio de la Revolución Francesa, apenas seis semanas después de la toma de la Bastilla el 14 de julio de ese mismo año..."[63].
No obstante, la Declaración de 1948 no sólo fue influida por la Declaración de 1789, sino que entre sus fuentes se destaca una que tiene su origen en nuestro país: la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos del 5 de febrero de 1917. "...En la ampliación de los derechos humanos debe resaltarse que la doctrina ha establecido tres categorías de derechos humanos, atendiendo principalmente a su itinerario histórico. La primera generación es la de los derechos civiles y políticos y se corresponde con la Declaración francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, la segunda es la de los Derechos Económicos y Sociales y Culturales y se identifica con su inclusión en la Constitución mexicana de 1917. [...] Los derechos humanos de la tercera generación o derechos de solidaridad abarcan el derecho al desarrollo, el derecho a un medio ambiente digno, el derecho a la paz, el derecho a la otredad..."[64].
Promoviendo las libertades personales y los principios de justicia y paz como bases para la igualdad, esta Declaración es un esfuerzo para lograr la protección de los derechos humanos en los diversos regímenes jurídicos de los Estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas, que reconoce al desconocimiento y al menosprecio de los mismos como el origen de la barbarie, el temor y la miseria.
Pero no sólo se promueve la protección de los derechos personales, sino que insita a los Estados miembros al correcto y justo desarrollo de relaciones amistosas internacionales con la finalidad del progreso social y el mejoramiento de las condiciones de la vida entre los ciudadanos de las diversas naciones, lo que invariablemente nos conlleva a recordar la célebre frase del Benemérito de las Américas, Benito Juárez: “...Entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz...”
El lenguaje de la Declaración de 1948 es sencillo con la intención de que cualquier persona pueda entender su contenido “...Fue escrita la Declaración en términos sencillos, eludiendo la terminología elevada de los letrados, a fin de que sus enunciados fueran asequibles a todo ser humano y no sólo a los jurisperitos. Sobresale en este tenor el artículo primero, eje de toda la constelación normativa en la materia y que conviene reiterar como una premisa cívica indispensable para la convivencia social: ‘Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.’...”[65].
Ahora bien, del contenido específico de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano interesa un punto en especial para la presente investigación, aquél en el que se tratan las libertades de expresión y manifestación. Tal cuestión se encuentra acogida en esta Declaración en los artículos décimo noveno y vigésimo, los cuales señalan respectivamente que todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión y que toda persona tiene derecho a la libertad de reunión y de asociación pacíficas.
Tal consagración de estas dos libertades en el documento en cuestión, dan a éstas una elevación especial que hace notar que, desde los primeros pasos revolucionarios en la historia de la humanidad, son actividades que deben ser garantizadas por el Estado hacia los ciudadanos por tratarse de libertades que todo individuo anhela en su búsqueda de prerrogativas.
De esta manera, la garantía de expresión, aunada a la de reunión, otorgan a los individuos una plena libertad de manifestarse libremente a fin de externar sus ideas. Es imposible dejar de observar que estas dos garantías también están contempladas en el contenido de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en los artículos sexto y noveno. Sin embargo, hay que destacar que los artículos mencionados de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pese a que otorgan a los individuos la libertad de reunirse y de expresarse, éstos no demarcan que estas actividades pueden realizarse en espacios públicos.
Por su parte, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 consagraba en su artículo undécimo la libertad de opinión, siempre y cuando su manifestación no alterase el orden público; no obstante, la misma Declaración no contempló la libertad de reunión. Claro está, la mencionada omisión no es razón para menospreciar este documento. Debemos recordar que la Declaración de 1789 es pionera en el ámbito, por lo cual es normal que siendo de las primeras garantías en su tipo, éstas carezcan de los suficientes elementos para generar plenas libertades, sobre todo teniendo en cuenta que incluso hoy en día no se ha encontrado una especie de “formula perfecta” que garantice que una libertad consagrada en leyes será cabalmente aplicable a todos los casos. En ese orden de ideas, la Revolución Francesa, al tener como una de sus principales consecuencias la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aportó a las generaciones venideras (hasta nuestros días) ideales sobre las libertades de expresión, mismas que hoy en día se reflejan en nuestro presente tema de estudio: las manifestaciones sociales en las calles.
Así mismo, el que el movimiento revolucionario francés haya proclamado a la libertad de expresión como derecho inherente al hombre, motiva a un sentido de identificación comunal entre los integrantes de manifestaciones en las calles, como se vio previamente: al sentirse identificada una persona con un grupo, ésta participa con ellos en la búsqueda de un bienestar que trasciende a sí mismo en el ejercicio de una libertad humana que, con el paso de los años, ha cobrado una significación especial al ser el principal móvil de expresión de sentimientos grupales hacia una realidad que se vive en la época en la que se desarrolla.
En el marco de la guerra entre Francia y Prusia se suscita un movimiento que dejó su huella en la historia de los movimientos sociales. "...En julio de 1870 estalla la guerra franco-prusiana sin que los trabajadores pudieran hacer nada por evitarla. [...] Firmada la capitulación francesa, tiene lugar en París un acontecimiento de gran importancia para el movimiento obrero: la Comuna...” [66].
El ambiente previo a la Comuna era el de un pueblo de París que padecía la pobreza consecuencia de la guerra. Durante la guerra franco-prusiana, los parisinos defendieron su ciudad e integraban parte de la Guardia Nacional, por lo que el propio gobierno francés les había suministrado el armamento necesario para la defensa del territorio. Luego de la derrota de Francia ante Prusia, Adolphe Thiers (nombrado provisionalmente Jefe del Poder Ejecutivo de la República a efecto de realizar la capitulaciones entre Francia y Prusia) ordenó el desarme de la Guardia Nacional y exigió la devolución de sus cañones, sin embargo los parisinos se negaron a entregarlos y decidieron resistir el avance de los prusianos sobre París. "...La entrada de los prusianos y la huída de los mandos militares franceses, provocó una reacción generalizada de la población parisina que, como una piña, tomó todos sus barrios, expulsó a los alemanes y se hizo con el poder. Mujeres, niños, soldados y trabajadores armados salieron a las calles y así el 19 de marzo de 1871 proclamaran un gobierno revolucionario..."[67].
La rebelión parisina estalló aterrorizando a las autoridades francesas y proclamando la Comuna y la sublevación civil en contra de las decisiones que se tomaban en Versalles. "...Las clases populares parisinas se rebelaron contra los políticos reunidos en la Asamblea Nacional, después de la capitulación frente a Prusia tras la derrota en la Guerra Franco-prusiana, y proclamaron la Comuna. Se constituyó un Consejo revolucionario formado por una gama muy variada de sectores: republicanos radicales, antiguos jacobinos, mutualistas, anarquistas, socialistas... Creó la milicia nacional, entregó a los trabajadores los talleres abandonados y propuso nacionalizar las grandes empresas..."[68]. Al sublevarse, los comuneros no sólo asumieron la defensa de su territorio, sino que también lograron un primer experimento socialista y el más importante movimiento proletario del siglo XIX.
La madrugada en que inició la Comuna, el general Claude Martin Lecomte, fue el encargado de ejecutar la orden de desarme de París, sin embargo ante la negativa de los parisinos ordenó a sus soldados disparar contra la población. Los soldados, lejos de acatar la orden, defendieron a los parisinos “...Al dar el general Lecomte la voz de fuego sobre la multitud, un suboficial salió de las filas, se colocó delante de su compañía, y en voz más alta que la de Lecomte, gritó: ¡Culatas arriba! Los soldados obedecieron. [...] La revolución estaba hecha...”[69], más tarde, ese mismo día, el general Lecomte fue fusilado.
Los rebeldes avanzaron y ganaron terreno obligando a Thiers a huir a Versalles, “...A las once, el pueblo ha dominado la agresión en todos los puntos, ha conservado casi todos sus cañones [...], se han adueñado de millares de fusiles. Los batallones federados están en pie; en los barrios la gente arranca adoquines. [...] Thiers y su gobierno se habían refugiado en el Ministerio de Negocios Extranjeros. Cuando supo la desbandada de las tropas, dio la orden de hacerlas replegarse en dirección al Campo de Marte. Abandonado por los batallones burgueses, habló de evacuar París, de ir a rehacer un ejército a Versalles [...] Thiers huyó por una escalera secreta y partió para Versalles...”[70].
Durante el tiempo que la Comuna se instaló en París, sus integrantes realizaron los primeros experimentos de la clase obrera que más tarde serían base para el desarrollo del socialismo que dio en Rusia y en gran parte del territorio europeo.
Pero la inexperiencia y la ingenuidad de los líderes comuneros serían los verdugos del movimiento. Los comuneros lejos de actuar como era costumbre entre los sublevados de todos los tiempos, no eliminaron a sus enemigos ni expropiaron los recursos de sus detractores, sino que prefirieron el diálogo y la persuasión para convencer e influir moralmente a sus opositores para unirse a ellos en la Comuna; la búsqueda de una justicia equitativa y la distribución ecuánime de los bienes hicieron que los parisinos se olvidaran de apuntalar sus defensas y de prepararse para un ataque de Versalles. Quizá la mayor falta que condenó a los comuneros a su trágico final fue el hecho de que vieron a su movimiento no como un levantamiento armado con fines bélicos, sino como una revolución social y política.
Las acciones de los comuneros para implantar un gobierno justo dieron a las autoridades francesas tiempo para reunir fuerzas para el contraataque. Thiers, refugiado en Versalles, organizó al ejército que se encargaría de disolver la Comuna y bombardeó París "...El 21 de mayo [de 1871], las tropas gubernamentales entraron en París. Los comuneros lucharon durante una semana barrio por barrio y barricada por barricada. A medida que avanzaban, las tropas regulares ejecutaban sumarialmente a todos cuantos iban deteniendo. En respuesta, los comuneros mataron al arzobispo de París. Pero la suerte estaba ya echada. El 28 [de mayo de 1871], los gubernamentales de Thiers controlaban París. Más de 30.000 insurrectos murieron en los enfrentamientos o en los fusilamientos sumariales. Los que fueron detenidos serían juzgados y condenados a muerte. Quienes se salvaron de la pena máxima fueron deportados a Nueva Caledonia y Guayana. Con ellos terminó la Comuna de París..."[71].
El 28 de mayo se anunció oficialmente la liberación de París luego de la sangrienta ofensiva que terminó con la vida de muchos comuneros “…La Comuna, totalmente aislada, sin ningún apoyo exterior será aplastada después de una terrible represión del ejército francés; se calcula que el número de ejecuciones ascendió a unas veinte mil…”[72].
Como podemos apreciar, pese a que la Comuna de París fue, al igual que las Guerras Serviles, una sublevación que terminó en tragedia para sus integrantes, ésta aportó la realización de una avanzada legislación social encaminada a la regulación del trabajo en beneficio de las clases desprotegidas, mismas que si bien no son netamente derechos que tengan una vinculación directa con las libertades de expresión, sí son un pequeño paso para alcanzar garantías individuales “...La Comuna de París, entre marzo y mayo de 1871, ha sido considerada uno de los acontecimientos más importantes de la historia del movimiento obrero, convirtiéndose en símbolo para los socialistas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX..." [73].
No obstante durar únicamente 79 días, la experiencia de la Comuna sirvió de inspiración para el movimiento que a continuación trataremos el cual, pese a que tampoco resultó directamente en derechos dirigidos a la libertad de expresión, ambos son movimientos sociales que tienen enorme resonancia en el mundo, tanto en su época como hoy en día, y que influyeron en el pensamiento de las generaciones venideras al grado que, hasta nuestros días, la Comuna de París es considerada como un primer ensayo en las insurrecciones motivadas por la búsqueda de justicia, ideales generosos y reivindicaciones sociales para las clases bajas.
1.3.4. LA REVOLUCIÓN RUSA
Al tratar sobre la Revolución Rusa, generalmente se evoca la imagen de la toma del poder de los bolcheviques en 1917, conocida comúnmente como la “Revolución de Octubre”. Los eventos de las primeras dos década en Rusia siguen motivando numerosas investigaciones y discusiones hasta nuestros días.
Pero este movimiento armado tiene su origen en los sucesos que acontecieron desde principios del siglo XX. A fines del siglo XIX, el territorio de Rusia era basto y más de la mitad de su población era campesina, situación que perduró hasta principios del siglo siguiente “...A principios del siglo XX, Rusia era un gran imperio que abarcaba desde las fronteras de Japón hasta las de Alemania. Su población era fundamentalmente campesina y analfabeta (80%)...”[74]. A finales del siglo XIX se crearon las grandes concentraciones fabriles en medio de una Rusia predominantemente agrícola. “...El zarismo había convertido al país en una gran potencia imperialista al lograr ensanchar el territorio, con gran sacrificio del pueblo...”[75].
El resultado de esta situación era un nivel de vida bajo para el campesinado. Al mismo tiempo, pese a que la industrialización en Rusia promovió la inversión extranjera, ésta había sido dirigida por el Estado sin resultados muy positivos “...No obstante, la industrialización era incipiente, la burguesía era un grupo social muy reducido y había poco obreros...”[76].
Estas situaciones generaron ideales con tintes revolucionarios que exigían mejoras en las condiciones de vida de las clases más bajas “...La idea de una revolución social iba cundiendo entre los pobres desempleados, los obreros y campesinos, quienes abrigaban grandes esperanzas: pan, mejores salarios y tierras...”[77].
El descontentó popular incrementó en 1905 por la derrota que sufrió Rusia en la guerra contra Japón, situación que expondría un profundo desequilibrio en el régimen zarista y la realidad social del país. “...La guerra ruso-japonesa en la costa norte del Pacífico y la derrota posterior del ejército zarista pusieron de manifiesto la incapacidad administrativa y militar del estado imperial de los Romanov, a la vez que se agudizaba el descontento social en medio de una grave crisis económica, industrial y agraria. El movimiento de masas, al principio espontáneo y desorganizado, se dota de sus organizaciones propias: los soviets (o consejos) de diputados, obreros y soldados elegidos en las fábricas o en los cuarteles, que piden una asamblea constituyente, la democratización de toda la vida política rusa y la satisfacción de sus reivindicaciones económicas y sociales. El zar no tiene más remedio que ceder y convoca una Duma (o Parlamento) elegida indirectamente, pero que no controlaría al gobierno...”[78].
Pero la persistencia del zar en el absolutismo ocasionó el fracaso de los esfuerzos sociales. Junto a esto, los despidos masivos de trabajadores en Petrogrado ocasionaron que en 1905 estallaran diversas huelgas masivas. “...[el día 3 de] enero de 1905, en Petersburgo, los obreros de las grandes fábricas Putilov se declararon en huelga, para protestar por el despido de cuatro de sus compañeros y para sostener una serie de reivindicaciones, a la cabeza de las cuales estaba la jornada laboral de ocho horas. Pocos días después, la huelga se extendía a toda la ciudad: el descontento, acumulado durante mucho tiempo y que ya se había manifestado en episodios parciales de lucha, encontraba una expresión más resuelta y masiva...”[79].
La Revolución rusa de 1917 tuvo un primer ensayo en los acontecimientos iniciados por los huelguistas en 1905. En enero de 1905, se suscitó una marcha en las calles aledañas al Palacio de Invierno de Nicolás II. Integrada por aproximadamente doscientas mil personas, la manifestación popular cargaba consigo imágenes religiosas y del zar y cantaban himnos exigiendo a su gobernante protección en contra de los abusos de los empresarios, una serie de reformas que planteaban la posibilidad de una monarquía constitucional y medidas que mejorarán las condiciones de vida de la clase obrera y campesina.
Desafortunadamente para los manifestantes, el zar no se encontraba en su palacio. En su lugar se encontraron con tropas zaristas que custodiaban el lugar cuyo comandante, el duque Vladimir, tío del zar, asustado por el número de personas que marchaban, dio la orden abrir fuego en contra de los manifestantes. Pero la resistencia de algunos y su negativa de abandonar las calles ocasionaron que las tropas zaristas abrieran fuego en su contra, asesinando a un aproximado de mil personas. “...en Rusia ocurrió una primera revolución que demandó la adopción de reformas democráticas. Este movimiento hizo tambalear al Imperio. La crisis empezó cuando el ejército zarista disparó contra unos manifestantes que querían entrevistarse con el zar. A este día se le conoció como el Domingo sangriento...”[80].
Gran parte de la población rusa consideraba al zar como una figura divina, una especie de conexión de entre el cielo y la tierra. El zar debía de proteger a su pueblo y cobijarlo en las situaciones precarias. Pero el asesinato de los manifestantes en el Palacio de Invierno ocasionó una ruptura en la relación del pueblo con su zar y se dio inicio a una serie de huelgas y protestas en contra de las acciones del gobierno. "...El 9 de enero es la fecha en que comienza la primera revolución rusa. Los acontecimientos del 'domingo sangriento' representaron una de esas terribles lecciones que abren los ojos a las masas. La ingenua confianza en el zar quedó destruida. El descontento adquirió de golpe expresiones más radicales. La influencia de los socialdemócratas -sobre todo de su rama bolchevique- empezó a crecer..."[81].
Debido a un mal manejo de información, los obreros y campesinos rusos adjudicaron la masacre en las calles aledañas al Palacio de Invierno a una orden del zar. Para recobrar la simpatía de la población, y presionado por las constantes huelgas que iban en incremento día tras día, Nicolás II crea el Parlamento ruso (la Duma) como una muestra de buena voluntad y con la intención de apaciguar el clamor huelguista. Pero mediante el uso de la fuerza represiva de su milicia, el zar fue quitando poder e importancia a la Duma y sofocó a los huelguistas mediante la violencia. "...A medida que el pánico pasaba, el zarismo se apresuraba a cancelar o a recortar las concesiones liberales que se había visto obligado a hacer en octubre [de 1905]. En una serie de decretos publicados entre febrero y marzo y luego, definitivamente, en la 'ley fundamental' del 23 de abril de 1906, las promesas del 'manifiesto' se habían reducido a proporciones de burla. [...] Por lo que respecta al principio según el cual toda ley debía ser aprobada por la Duma, aunque formalmente conservado, en la práctica fue despojado de cualquier valor, asegurándose el zar la absoluta prerrogativa de veto sobre cada proyecto votado, y el derecho de emitir, entre una y otra sesión, decreto que luego se sometían a una aprobación meramente formal. [...] [La Duma] fue disuelta después de sólo dos meses [...] La revolución de 1905, por lo tanto, había sido derrotada..."[82].
Pese a que el zar logró disipar los esfuerzos de los huelguistas revolucionarios, el daño ya estaba hecho, su poder se tambaleaba, la desconfianza del pueblo hacía su gobierno crecía cada día y se había confirmado el principal enemigo del zar: el Partido Socialdemócrata Ruso, quienes paulatinamente organizarían a las masas de las clases bajas para asestar un golpe definitivo al gobierno zarista en 1917.
De la mano de Lenin, los socialdemócratas fueron los principales detractores del zar Nicolás II. “...Casi desde su nacimiento, el Partido Socialdemócrata Ruso se dividió en dos tendencias: mencheviques y bolcheviques, al principio como dos fracciones del partido; más tarde como dos partidos totalmente diferenciados. Los mencheviques, aplicando las tesis marxistas de manera doctrinaria y tradicional, consideraban que el socialismo no podía llevar a un país atrasado como Rusia sino después de un periodo de desarrollo capitalista más profundo [...] Lenin y los bolcheviques, por el contrario, pensaban que era obligación del proletariado revolucionario convertir la revolución democrática en revolución socialista o proletaria...”[83].
Durante el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, Rusia atravesó una nueva crisis económica no sólo por el envió de recursos para la batalla, sino porque el constante envío de hombres a la lucha ocasionó que la mano de obra en el campo y la industria comenzara a escasear. Las huelgas no se hicieron esperar. “...En el país estalló la revolución popular. La huelga de los obreros de la fábrica de Putilov, en Petrogrado, comenzada el 18 de febrero de 1917, fue una especie de señal para las acciones revolucionarias masivas del proletariado. En febrero, en la capital, estaban ya en huelga cerca de 200.000 personas, es decir, casi la mitad de todos los obreros petrogradenses [...] La huelga de los obreros de Petrogrado se hizo general. [...] Se entablaron choques entre los manifestantes y la policía. La huelga se transformaba en insurrección armada contra el zarismo..."[84].
El panorama empeoró cuando se hicieron más frecuentes las victorias germanas sobre el ejército ruso en la Primera Guerra Mundial. “...En marzo de 1917 surgieron numerosos movimientos de protesta contra la falta de alimentos, la guerra y el autoritarismo del zar. Los obreros revolucionarios de Petrogrado llamaron a la huelga general. El zar ordenó a sus tropas someter por la fuerza a los rebeldes, pero los soldados se negaron a disparar contra la multitud de mujeres trabajadoras y obreros industriales que pedían pan. Varios cuerpos se unieron a los manifestantes. Ante tal acto de desobediencia militar, el zar abdicó...”[85].
Lenin vio en la guerra una oportunidad perfecta para debilitar más al gobierno y, ayudado por lo bolcheviques, se convocó a varias huelgas para facilitar la derrota del ejército ruso ante las fuerzas alemanas y provocar la inminente caída del zar. Lenin solicitó un armisticio con los enemigos de Rusia durante la Primera Guerra Mundial para llevar a cabo los movimientos que culminarían con la Revolución Rusa.
Las movilizaciones huelguistas y las diversas protestas en las calles obligaron a Nicolás II a abdicar el poder a favor de su hermano Miguel IV, pero ante las tribulaciones que vivía Rusia, rechazó el ofrecimiento. Este rechazo marcaría el fin de la dinastía de los Romanov y el surgimiento de la era de los soviets. “...El recuerdo de la revolución de 1905 hizo que los obreros y soldados, primero en Petrogrado y luego en Moscú y el resto de las ciudades importantes, constituyeran los soviets...”[86]. “...Se formó el Soviet de obreros y soldados de Petrogrado, el cual presionó a la Duma para instalar un gobierno provisional. Éste quedó formado por demócratas constitucionalistas bajo la dirección del príncipe Lvov, quien llamó a Alexander Kerensy –el vicepresidente del Soviet de Petrogrado- a colaborar en su gobierno. Se quería instaurar una república o monarquía parlamentaria según el modelo francés o inglés. Por ello, sus primeras medidas fueron declarar la libertad de prensa, reunión asociación y huelga, conceder la amnistía general, y realizar elecciones de los miembros de la Asamblea Constituyente...”[87]. Esto último es algo que en la presente investigación debemos destacar y en lo que debemos poner especial atención: al reconocerse públicamente en Rusia las libertades previamente mencionadas se dio un importante avance en el reconocimiento de prerrogativas fundamentales que, con el paso de los años, se convertirían en derechos necesarios para dar presencia a la legitimidad de las actuales formas de manifestación social.
Continuando con el desarrollo de la Revolución Rusa, la instalación del gobierno provisional y la convocación a las elecciones de los miembros de la Asamblea Constituyente hizo que el poder se pugnara entre dos grandes grupos: aquellos que querían establecer una democracia parlamentaria basada en un régimen capitalista y aquellos que buscaban que el control se otorgara a los soviets para lograr la reivindicación de las clases obreras. Éste último grupo, a su vez, se dividía en mencheviques y bolcheviques que, como se señaló previamente, tenían posturas diversas, los primeros moderados respecto del cambio y los segundos con ideas más radicales. La llegada de Lenin a Rusia desde Suiza en un vagón protegido por el gobierno alemán, reabrió nuevas perspectivas al considerar que la Revolución Rusa era el inicio de la transformación de la guerra internacional en una guerra de clases. “...A su llegada a Petrogrado, Lenin dio a conocer sus Tesis de abril, en las cuales propuso llevar adelante la revolución socialista consistente en darle todo el poder a los soviets, constituir una República de Soviets y nacionalizar la banca y la propiedad privada...”[88].
Las agitaciones en las calles se incrementaron ante la celebración de las elecciones y ante la negativa del gobierno provisional para pactar la paz con Alemania en la Primera Guerra Mundial, por lo que se comenzó a calificar al gobierno como bélico. El Gobierno provisional llamó al orden, pero el desprestigio de los moderados por la ineficacia en lograr la paz con Alemania se reflejó en el incremento de los simpatizantes del grupo de los bolcheviques, mismos que se presentaban como el partido defensor de los intereses de las masas populares y que ganó popularidad gracias al lema “paz, pan y tierra”.
El enfrentamiento entre las masas populares y el gobierno provisional se agudizaron en junio y la tensión iba en aumento por las derrotas ante Alemania. El gobierno provisional, controlado aún por los mencheviques, llamó a las tropas del frente para controlar a los pobladores que exigían la disolución de éste mediante protestas y huelgas. Al mismo tiempo, se inició una campaña en contra de Lenin, al que se le acusó de colaborar con los alemanes, especialmente por el episodio del vagón en el que Lenin regresó a Rusia desde Suiza.
Estas manifestaciones culminaron con llamadas Las Jornadas de Julio. “...Las últimas jornadas de junio fueron de las más inquietantes que hubiese vivido Petrogrado desde la insurrección de febrero en adelante. [...] Esto pudo verse el día 3 de julio, cuando la agitación que desde hacía bastante tiempo existía en los barrios periféricos aumentó rápidamente hasta alcanzar el punto de explosión. [...] [Para el 4 de julio] todas las fábricas estaban en huelga. Como ya había sucedido en abril, si el primer día el tono fue dado por los soldados, ahora eran los obreros quienes guiaban la manifestación. De golpe ésta tomó un carácter más resuelto. Columnas compactas y de aspecto extremadamente combativo se formaban en los suburbios y nuevamente se dirigían hacia el centro de la ciudad. La gran excitación se hizo aún más aguda cuando aparecieron en la capital los treinta mil marineros que se habían movilizado en Kronstadt. Otros destacamentos de soldados, decididos a unirse a la manifestación, llegaban a la ciudad desde sus alrededores. Aquella mañana, ante la villa Krzesinka, fue Lenin, que durante la noche había regresado apresuradamente a Petrogrado, quien habló brevemente a los manifestantes, después de aprobar la táctica decidida por el partido. [...] [También los soldados] habían sido inducidos a movilizarse con la presentación de presuntas 'pruebas', según las cuales Lenin y los bolcheviques eran agentes del estado mayor alemán. [...] En la jornada del 5 [de julio] la capital se presentaba con una fisonomía totalmente opuesta a la de veinticuatro horas antes. [...] La ciudad [de Petrogrado] parecía en estado de sitio. Los barrios obreros habían sido aislados del centro. Patrullas de junkers recorrían las calles. Por todas partes se realizaban arrestos y registros, se controlaban los documentos. [...] Por la noche se emitió una orden de arresto inmediato a Lenin, Zonóviev, Kámenev y otros jefes bolcheviques. Poco después, algunos agentes se presentaron a la puerta del departamento donde Lenin se hospedaba, pero Lenin había desaparecido..."[89].
Las Jornadas de julio fortalecieron a Kerenski, líder menchevique, quien fue puesto en el cargo de jefe del gobierno provisional, con lo que la Revolución Rusa parecía encaminarse al establecimiento de un sistema democrático-parlamentario. Tras el nombramiento de Kerenski, Lenin y varios líderes bolcheviques huyeron por un breve periodo de Rusia tras las Jornadas de Julio.
Pero la situación se deterioraba cada día más y las masas integrantes de las clases bajas entraban en una desesperación más profunda, cuestión que Lenin supo capitalizar, ganando nuevamente el apoyo del proletariado. “...A pesar de ser menos numerosos que sus opositores mencheviques, los bolcheviques incrementaron su apoyo popular y finalmente los soviets –tras un intento de golpe de estado y un breve exilio de Lenin en Finlandia- sustituyeron al gobierno provisional...”[90].
No obstante, el frente ruso en la Primera Guerra Mundial seguía perdiendo terreno y la situación campesina no mejoraba. Para septiembre de 1917 comenzaron a surgir nuevas huelgas y olas de violencia en los campos y los sectores ferroviarios, textiles y obreros.
A su vez, la brecha entre moderados (mencheviques) y radicales (bolcheviques) se abría cada vez más. Las fricciones entre ambos bandos se hicieron más fuertes cuando Kerenski ordenó cerrar la imprenta encargada del periódico bolchevique. “...La noche del 23 al 24 de octubre de 1917 víspera del Congreso de los Soviets, el conflicto estalló. [...] Apenas sin derramamiento de sangre, todos los puntos clave fueron ocupados, y la ciudad quedó en sus manos [de los bolcheviques]. [...] Aquella misma noche el congreso de los soviets proclamaba la instauración de su poder revolucionario, designando al Consejo de Comisarios del Pueblo para ejercer el gobierno...”[91]. Lenin regresó el 10 de octubre a Petrogrado para la celebración de una sesión del Comité Central, en donde incitó a todos a la revolución inmediata para obtener mejores resultados en la lucha por la reivindicación de los derechos sociales. Su llegada fue decisiva y logró el triunfo bolchevique en las votaciones.
Los movimientos revolucionarios que imitaron al de Petrogrado se extendieron por toda Rusia siempre con el mismo resultado: triunfo de los revolucionarios. Los movimientos armados continuaron a manera de guerra civil con enfrentamientos a lo largo del imperio entre bolcheviques y mencheviques hasta el ascenso de Stalin al poder y, finalmente en 1923 con la promulgación de una nueva Constitución, se da la consolidación del imperio más grande de la historia más reciente: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Durante la Revolución Rusa las masas apoyaron a los bolcheviques, mismos que resultaron triunfantes, por lo cual es notorio que la historia dio un giro inesperado al quedar el triunfo armado en manos de aquellos que contaban con el beneplácito popular y no en quien encabezaba las fuerzas militares. Ahora bien, es importante mencionar que el presente estudio no es analizar la historia completa de la Revolución Rusa, sino determinar la aportación que ésta tuvo hacia el desarrollo de las actuales manifestaciones sociales. “...La revolución rusa 1917 constituye un punto decisivo en la historia, y bien puede ser considerada por los futuros historiadores como el mayor acontecimiento del siglo XX. Al igual que la revolución francesa, continuará polarizando las opiniones durante mucho tiempo, siendo exaltada por algunos como un hito en la liberación de la humanidad de la opresión pasada..."[92].
Así, como es notable, los movimientos sociales que iniciaron como huelgas formaron una presión que hasta ese momento no se había visto en toda Europa. Como consecuencia de estas manifestaciones en las calles se logró, quizá por primera vez en la historia de la humanidad, la consagración de un objetivo.
1.4. MANIFESTACIONES SOCIALES EN AMÉRICA
En la historia de América, las manifestaciones sociales en forma de marchas, mítines y plantones en las calles tomaron una forma especial. Pese a que en nuestro continente han existido también diversos conflictos armados por alcanzar la libertad (el más claro ejemplo son las guerras de independencia durante la época colonial), las manifestaciones populares en las calles toman un especial aire toda vez en la historia reciente han sido la forma en la que los sectores populares han alzado su voz para expresar sus opiniones en contra de políticas de sus respectivos Gobiernos.
Pero las movilizaciones sociales, principalmente en América Latina, no son algo nuevo, sino que se han dado a lo largo de los últimos años y se incrementaron en la segunda mitad del siglo XX. En Bolivia, por ejemplo, los movimientos sociales han hecho que los sectores campesino e indígena tengan un lugar especial en la historia de ese país. "...La participación de las comunidades campesinas e indígenas en la política es asaz importante en un país con tan bajo desarrollo y tan alta proporción de población rural y nativa como Bolivia..."[93]. "...La Revolución Nacional de 1952 habría sido sin duda distinta sin las movilizaciones que concluyeron en la Reforma Agraria y en la formación de milicias campesinas armadas. De igual manera, los bloqueos campesinos de carreteras contribuyeron decisivamente a la recuperación de la democracia entre 1979 y 1982..."[94].
En Bolivia es tal la fuerza que ha ganado el movimiento campesino e indígena que incluso en 2006 puso en al mando del poder ejecutivo a Evo Morales, actual Presidente de ese país, el cual tiene origen indígena. Pero los movimientos del sector indígena no sólo se dieron en Bolivia, sino también en Ecuador: "...los movimientos étnicos, y particularmente el ecuatoriano, aparecen en una coyuntura histórica particular signada por la crisis económica y política. Confluyen demandas por acciones de desarrollo, principalmente hacía el desarrollo rural, tenencia y acceso a la tierra, oportunidades en el mercado, con propuestas políticas de reorganización y democratización del Estado..."[95].
De igual modo, en los años ochenta, distintos sectores paraguayos se unieron para lograr la promulgación de una nueva constitución política que otorgara al pueblo de Paraguay democracia e igualdad y garantizara la destitución de la dictadura que gobernaba en esos días, "...la lucha por la democratización del país era el tema aglutinador tanto de los movimientos sociales como de los movimientos y partidos políticos de oposición. El objetivo estratégico era conquistar la libertad y la igualdad y destruir la dictadura y la desigualdad. Ambas partes peleaban juntas y juntas fueron reprimidas. Con la transición a la democracia en 1989 se producen logros importantes, pero también problemas. Hasta 1992, año en que se completa la estructura jurídica de la República con la promulgación de la nueva Constitución nacional, tanto los movimientos sociales como los movimientos políticos aún permanecían juntos..."[96].
Las manifestaciones en América Latina siguieron hasta la última década del siglo XX. Por ejemplo, para finales de mayo de 1997, en la ciudad uruguaya de Paysandú, vivió "...una manifestación policlasista contra el rumbo de la hambruna producto de la construcción de un consenso social inédito de mojón de sucesivas movilizaciones que incorporaban además de asalariados, a pequeños y medianos comerciantes..."[97], movilizaciones que se extendieron hasta principios del nuevo milenio.
Incluso en el nuevo milenio, las movilizaciones sociales en las calles han tenido lugar. El caso más sonado fue el movimiento venezolano que intentó destituir a su aún Presidente Hugo Chávez. "...La sociedad venezolana vivió en 2002 uno de los años más convulsionados de su historia contemporánea. Fracturada en dos bloques poderosos que se enfrentaron continuamente a lo largo del año, en dos oportunidades el Estado hubo de afrontar una insurrección de grandes proporciones que puso en peligro el gobierno del presidente Chávez, elegido abrumadoramente en comicios democráticos de 1998 y 2000. El golpe de estado de 11 de abril y el paro general indefinido con parálisis de la industria petrolera de diciembre constituyen dos episodios estrechamente relacionados. [...] El gobierno de Chávez ha sobrevivido a estas poderosas insurrecciones..."[98].
No podemos dejar mencionar el hecho de que en toda América Latina el sector estudiantil ha sido uno de los más activos en lo que se refiere a movilizaciones sociales y es, quizá, porque la preparación académica y cultural a la que tienen acceso le permite ser un grupo que logra organizarse con mayor facilidad que otros grupos que carecen de una identidad, como la que ellos poseen. “...Una característica común a varias sociedades latinoamericanas es la alta correspondencia entre las relaciones de poder y las estructuras etarias de la población, donde ingentes masas de jóvenes ven limitadas sus posibilidades de acceso al poder y la autoridad, al prestigio, a los beneficios económicos y al reconocimiento societal; en suma, a la participación social. Esta tendencia se ha visto particularmente reforzada bajo regímenes dictatoriales, cuyas políticas no sólo suprimen los derechos ciudadanos de la juventud, sino que han hecho de ésta su víctima privilegiada..."[99].
A continuación, señalaremos algunos de los casos más conocidos de manifestaciones populares en la historia del continente americano, excluyendo a México, cuyas manifestaciones serán analizadas más adelante.
1.4.1. EL CASO ARGENTINO
Durante el gobierno de Arturo Umberto Illia (12 de octubre de 1963 al 28 de junio de 1966), Argentina atravesaba una dura crisis económica que orilló al gobierno a tomar medidas que fomentaran el crecimiento económico. “...En el mensaje que pronunció el presidente Illia ante el Congreso de la Nación, el 12 de octubre de 1963, dio a conocer las principales medidas que se aplicarían en el campo económico. Comenzó señalando que la economía del país atravesaba por un momento crítico y que, para superarlo, el Estado debía llevar a cabo dos objetivos fundamentales: obtener un crecimiento económico continuo y disminuir los desequilibrios en la distribución en el ingreso..."[100].
Dentro de las medidas planeadas por el gobierno argentino se encontraban el incremento de las exportaciones y la disminución de las importaciones. Esta situación se vio favorecida cuando las exportaciones se incrementaron como consecuencia del bloqueo económico a Cuba de 1964, el cual fue apoyado por el gobierno argentino. “...El 25 de julio de 1964, en la IX Reunión de Consulta se votó en la OEA una resolución por la mayoría de dos tercios de los votos, que aconsejaba la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales (salvo alimentos y medicinas) de todos los miembros del Sistema Interamericano con Cuba. La Argentina, que ya había roto las relaciones diplomáticas con Cuba en 1962, votó, con la mayoría, las sanciones económicas..."[101].
Entre las filas del ejército argentino persistía la preocupación ante "...la falta de respuesta del gobierno ante la crisis económica, los embates sindicales, el avance del comunismo y la política exterior argentina. Preocupaba también la poca atención que el presidente Illia había prestado a la conferencia pronunciada por Onganía, en West Point..."[102], en la que se propugnaba por la inserción del ejército en la vida nacional.
En abril de 1965 Estados Unidos llevó a cabo una invasión en Santo Domingo. El representante de Argentina en la Organización de Estados Americanos (OEA) pugnó por el envío de tropas militares conjuntas de los países americanos para apoyar la invasión llevada a cabo por Estados Unidos, sin embargo el gobierno de Illia, contradiciendo a su representante en la OEA, se negó a tal cuestión argumentando que la tradición política de su país era la neutralidad y la no intervención, lo que acrecentó el descontento de los mandos militares. La situación empeoró después de un incidente en la frontera con Chile que ocasionó la renuncia del Secretario de Guerra y orilló a la renuncia del Comandante en Jefe el ejército, el general Juan Carlos Onganía, a quienes los miembros de la milicia veían como su líder carismático y como un posible sucesor de Illia en la presidencia. El lugar de Onganía fue ocupado por un simpatizante del mismo, el general Pascual Pistarini. "...Hasta ese momento Onganía se había mostrado como un militar profesionalista, que había dedicado su tiempo a reunificar y disciplinar a su fuerza, después de la etapa deliberativa y llena de actitudes indisciplinadas que caracterizaron la época anterior a su comandancia. A partir de su renuncia, se hizo más fuerte la tesis golpista sustentada por varios oficiales superiores del Ejército y la Aeronáutica..."[103].
El ejército comenzó una intensa actividad propagandista para identificar la figura presidencial con la ignorancia al tiempo que se ligaba al ejército con el desarrollo nacional. Se preparó entonces el golpe de Estado mejor planeado y menos violento de la historia de Argentina. "...La situación llegó a un punto culminante cuando el 29 de mayo de 1966, en un discurso pronunciado por el general Pistarini con motivo del día del Ejercito y ante la presencia del presidente Illia, afirmó que la libertad requiere 'el ejercicio responsable de la autoridad, sin lo cual el derecho es ilusorio, las garantías inexistentes, el bienestar inalcanzable'. [...] Después de varias reuniones de los altos mandos y de que fracasaran las gestiones de dirigentes políticos, el general Pistarini comenzó la operación que culminaría en el golpe de Estado. El 27 de junio fue relevado y arrestado el comandante del II Cuerpo de Ejército, general Carlos A. Caro, opositor al golpe y ese día a la noche se comunicó al presidente que se desconocía su autoridad y que se lo emplazaba a abandonar la Casa de Gobierno..."[104].
Pero Illia se negó a dejar la residencia oficial presidencial, por lo que se tuvo que enviar fuerzas armadas para lograr el desalojo del edificio y culminar el golpe de Estado "...A las 8:55 horas, los comandantes en jefe constituidos en Junta Revolucionaria, emitían el comunicado que informaba que la sede de gobierno se encontraba bajo el control militar..."[105]. Tan sólo un día después de la destitución de Illia se nombró como Presidente al general Juan Carlos Onganía y se colocaron a otros mandos militares en los puestos de gobierno. Este suceso es conocido como la "Revolución Argentina".
Sabiendo que los grupos estudiantiles contaban con poder organizativo para protestar, se ordenó dejar sin autonomía a las universidades y se eliminó la cogobernación tripartita en las mismas (formada por docentes, estudiantes y graduados). Estas medidas ocasionaron la rabia estudiantil, quienes consideraban a la autonomía y la cogobernación como triunfos obtenidos en la llamada “Reforma Universitaria de 1918”. Las protestas y movilizaciones de los estudiantes se dieron de inmediato como respuesta a los actos del gobierno de facto. El 29 julio de 1966 la Policía Montada entró a la Universidad de Buenos Aires y la desalojó de manera violenta, incidente que fue conocido como la noche de los bastones largos. “...La noche del último viernes de julio de 1966, la Guardia de Infantería entró y reprimió a alumnos y profesores en las facultades tomadas. En Filosofía y Letras, Ingeniería y Arquitectura (en la que hubo unos 130 detenidos) y especialmente en Ciencias Exactas, en donde la represión y las detenciones fueron mayores. El nivel de violencia e impunidad con las que actuaron las 'fuerzas del orden' impresionaron a la opinión pública y causaron repercusiones en el exterior...”[106].
Los grupos universitarios se identificaron entonces con las clases obreras y oprimidas y se aliaron para obtener beneficios mutuos. La represión que vivían y la consumación de la Revolución cubana y otros movimientos en Latinoamérica hacía que los grupos de jóvenes consideraran que tendrían mayores oportunidades de desarrollo profesional en un gobierno de izquierda. “...La política restrictiva de la Revolución Argentina tuvo el efecto de bumerán. La persecución, el encarcelamiento, las variadas restricciones obligaron a las generaciones más jóvenes del país a sumarse a formas más radicales para expresar su repudio al régimen..."[107].
Así surgió la llamada nueva izquierda en Argentina. “...Estos grupos trataron de crear nuevos partidos, o de participar dentro de los ya establecidos, especialmente en el peronismo, para 'concientizar' a obreros y a estudiantes. La izquierda tradicional, representada por el Partido Socialista y el Partido Comunista, no ofrecía nuevas alternativas, no tenía respuestas..."[108]. Al respecto, el general Perón, quien se encontraba en el exilio, comenzó a tornarse en una figura con la que los grupos intelectuales se sentían identificados, convirtiendo a éste en modelo de identificación de la libertad. En este contexto, ocurrieron varias manifestaciones en diversas provincias argentinas (como Rosario y Córdoba) mismas que los grupos guerrilleros consideraban como un apoyo a sus acciones. Todas estas movilizaciones sociales terminaron en reprimendas por parte de los cuerpos policial y militar. Cabe resaltar que la violencia fue un factor que no faltó.
Los grupos guerrilleros proliferaron en Argentina después de la Revolución cubana “...los grupos guerrilleros, que después del triunfo de la revolución cubana, lograron instalarse en casi todos los países latinoamericanos y bajo distintos nombres y orientaciones usaron la violencia armada como forma de lucha en contra de los gobiernos, fuesen dictaduras o democracias..."[109]. En la década de los setenta el peronismo retomó el poder de la nación, pero las acciones golpistas se presentaron nuevamente en Argentina: “...el 24 de marzo de 1976, una Junta militar, presidida por el general Jorge Rafael Videla, interrumpió, una vez más en Argentina, un gobierno civil. Desde los años 30 Argentina tuvo escasos períodos democráticos, todos interrumpidos por golpes militares. En este caso fue derrocado el gobierno de Isabel Martínez de Perón, viuda y heredera política -sin otra razón que haber sido la tercera esposa- del tres veces ex presidente de la república: Juan Domingo Perón..."[110]. Argentina vivió años de tribulaciones sociales hasta la caída de los regímenes militares que dominaron el sur del continente “...entre 1982 y 1984, en Argentina, Uruguay y Brasil cayeron los regímenes militares, dando lugar a gobiernos civiles elegidos democráticamente...”[111].
Para finales de la década de los ochenta y principios de los noventa la inflación golpeó significativamente la economía argentina. A esta situación se sumó una tasa de desempleo que se incrementaba durante la gestión presidencial de Carlos Saúl Menem, “...El desempleo, que en 1993 superó la línea histórica del 10%, era un dato grave, pues se producía en un contexto de expansión económica y crecimiento global del producto [...] otros sectores eran golpeados por el congelamiento de sus haberes, como los empleados estatales o los jubilados, por el encarecimiento de los servicios públicos, debido a la privatización de las empresas, por el cierre de sus establecimientos, como muchos empresarios pequeños o medianos, o por los cortocircuitos financieros de varios gobiernos provinciales, pese al rápido auxilio del gobierno nacional: en Santiago de Estero, Jujuy o San Juan se produjeron las primeras manifestaciones públicas y violentas de descontento por el nuevo orden..."[112].
Para 1995, pese a que el Gobierno de Menem contaba con un gran apoyo del grueso popular, fundamentalmente a partir del hecho de haber controlado la inflación, varios sectores desarrollaron una serie de movilizaciones y huelgas generales expresando su oposición a las políticas económicas que se tomaron a raíz de la crisis ocasionada por el llamado efecto tequila. Esas políticas tomadas por Menem significaron un recorte presupuestario, aumento de impuestos y préstamos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, lo que para los ojos de la población significaría deuda pública y una recesión prolongada[113]. El descontento popular por las políticas de Menem se reflejó en varias movilizaciones de protesta en las calles y en la derrota de éste en las elecciones parlamentarias de 1997. Las manifestaciones en las calles se convirtieron en una constante en toda Argentina y alcanzaron un punto crítico en 1999 con el triunfo en las elecciones presidenciales de Fernando de la Rúa gracias a las promesas de mejoras en la calidad de vida y el crecimiento económico. Sin embargo, el incumplimiento de las promesas de campaña de de la Rúa generó nuevos brotes de protestas en contra de su gestión al frente del gobierno.
Pero tan sólo un año después de su elección, como consecuencia de las fallidas medidas económicas, se convocó a huelgas generales en contra de Fernando de la Rúa. Estos movimientos se agravaron al año siguiente con la presentación del paquete económico del gobierno “...Entre las medidas figuraban: la eliminación de las becas y los subsidios que otorgan los diputados y senadores, y las pensiones que concede el Congreso; la eliminación de programas del ministerio de Economía y Salud; la reducción de transferencias a universidades; la aplicación del IVA a las televisiones de pago, espectáculos artísticos, cinematográficos y deportivos; el establecimiento del impuesto a la renta de cooperativas y fundaciones; la reducción de aportes del Tesoro Nacional a las provincias. Las medidas provocaron un gran estallido social, empezando por la dimisión de la mitad del gobierno y la convocatoria a una huelga general de 48 horas...”[114].
Para finales del mismo año la situación se volvería insostenible. “...La rebelión social, largamente incubada, estalló la noche del 20 de diciembre con la cacerolada de la clase media bonaerense, y después de un inútil intento de contenerla con el estado de sitio, [...] una ola de saqueos y protestas sociales sacudió el país y el estado de sitio fue decretado y levantado en dos ocasiones, mientras el Congreso convocaba elecciones para el 3 de marzo de 2002 y las desconvocaba una semana más tarde...”[115]. Los cacerolazos argentinos fueron la más representativa forma de manifestación en contra de la crisis económica que estaba enfrentando la Argentina en ese momento causando, entre otros efectos, la renuncia del presidente Fernando de la Rúa.
Aunado a lo anterior, en las manifestaciones que orillaron a de la Rúa a abdicar el poder murieron cinco personas como consecuencia de las represiones, por lo que el 23 de octubre de 2007 un juez de Buenos Aires decidió procesar al expresidente argentino por las mencionadas muertes, lo cual demuestra que las manifestaciones en su contra, lejos de ser un hecho de resultados inmediatos y de corto alcance, desataron todo un proceso que no sólo culminaron con su renuncia, sino con un proceso penal que, dependiendo de los resultados del proceso, podrían llevarlo a enfrentar una condena de cárcel.
1.4.2. CHILE: EL RÉGIMEN DE PINOCHET Y LAS VIOLENTAS REPRESIONES
Las crisis económicas sacudieron a América en la década de los ochenta “...los acontecimientos que más destacan en la mayoría de los países latinoamericanos, en esta década, es el estallido de una profunda crisis económica que se refleja en el incremento de la deuda externa y su consiguiente desbordamiento que la deja fuera de control...”[116]. Pero en el caso de Chile, el desplome económico y la crisis social comenzaron diez años antes y alcanzó su clímax durante la gestión de Salvador Allende.
A finales de los años sesenta y principios de los setenta, Chile vivió numerosos movimientos sociales que los llevaron a una tradición democrática que apuntaba a la reivindicación de los derechos sociales. Los temas relacionados con asuntos políticos se trataban en las calles entre todas las personas de diversos estratos y los debates públicos con participación ciudadana se hicieron frecuentes. En este marco, se celebraron las elecciones presidenciales de 1970 que arrojaron como triunfador de los comicios al candidato de izquierda Salvador Allende Gossens. “...Allende había ganado las elecciones apoyado por [los Partidos Políticos que conformaron la] Unidad Popular [UP], una coalición de socialistas, comunistas y una parte de los demócrata-cristianos. Por primera vez en Chile se había instituido un Estado socialista liberal por la vía democrática. El gobierno de Allende emprendió un conjunto de reformas socialistas. [...] Estas medidas molestaron a la burguesía nacional y perjudicaron los intereses de los inversionistas norteamericanos...”[117].
El triunfo de la izquierda en Chile hizo que la atención del mundo se posara sobre el país sudamericano para hablar sobre la flamante democracia que apostó por la realización de reformas de corte social, tomando en cuenta que la influencia de la Revolución cubana en Latinoamérica se encontraba latente. Pero los errores en la toma de las decisiones en el gobierno comenzaron a hundir al país en una profunda crisis económica que afectaría a toda la población. El gobierno de la nueva democracia social chilena comenzaba a fracturarse.
La respuesta estadounidense no se hizo esperar y, de la mano de Richard Nixon, los grupos contrarios a las reformas chilenas se encargaron descaradamente de agravar crisis. “...Ni el Presidente Nixon ni su inútil asesor en política internacional (y pronto secretario de Estado) Henry Kissinger se preocuparon de mantener en secreto su aversión por el gobierno de la UP. Impulsados por su irreflexiva visión de la Realpolitik, ellos fueron sin duda los principales autores de la restricción crediticia contra Chile organizada en Washington, y de las diversas formas de <<acción encubierta>> empleadas por la CIA en Chile en sus esfuerzos por lograr la <<desestabilización>> política..."[118]. Las protestas en las calles comenzaron y los tradicionales cacerolazos se escucharon por todo el país.
Tras las primeras manifestaciones en las calles y la amenaza de una situación de ingobernabilidad, Allende nombró a miembros de la milicia en su gabinete con la esperanza de mantener cohesionado a su gobierno “...La huelga de octubre, un masivo cierre de negocios y servicios acompañado por 'marchas de las olla vacías' de amas de casa, fue resuelto después de cuatro semanas, pero sólo con la incorporación de militares en el gabinete, lo que marcó el principio de la politización abierta de las fuerzas armadas..."[119], pero los militares “...ante la opción de defender a su gobierno y montar una rebelión, finalmente eligieron esto último...”[120].
Al mismo tiempo, la Unidad Popular que había llevado a Allende a la presidencia comenzó a fragmentarse y se polarizó en dos grupos, aquellos que apoyaban al presidente y sus decisiones y optaban por mantenerlo en el poder, y aquellos que contemplaban la idea del enfrentamiento armado: el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). No podemos expresar que la lucha entre estos dos grupos fue una guerra civil, pero sí hubo lugar a varios enfrentamientos violentos en las calles entre los simpatizantes de los dos bandos.
Ante intentos de amotinamientos en buques militares, el deterioro de la situación social y el ahondamiento de la crisis económica, Allende planeaba llamar a un plebiscito el 11 de septiembre de 1973 para poner en manos del sufragio su permanencia en el gobierno hasta el final de su gestión con la intención de guardar la paz en el país; pero la mañana del día planeado para emitir el mensaje, los movimientos militares se adelantaron a los planes de Allende. “...El 11 de septiembre, antes del amanecer, el Ejército entró en acción. A primeras horas de la mañana, habían capturado Concepción <<la Roja>>, mientras la marina tomaba el control de Valparaíso sin dificultades. [...] Aunque las fuerzas armadas rápidamente redujeron a sus opositores en las provincias y en la capital, el propio Allende continúo resistiendo. Atrincherado en La Moneda con un puñado de guardias personales, rechazó el ofrecimiento de una salida segura del país. [...] Alrededor de las dos de la tarde, Salvador Allende -médico, masón, socialista y presidente de la República- se suicidó disparándose a la cabeza con una ametralladora..."[121].
Pronto el pueblo chileno descubrió que los golpistas planeaban quedarse en el poder más tiempo del que ellos esperaban “...La esperanza de una intervención tipo quirúrgica y de corto plazo, seguida por nuevas elecciones, rápidamente se esfumó, mientras que la Junta Militar, dirigida por el Comandante en Jefe del Ejército, general Augusto Pinochet, fue consolidando su poder, disolviendo el Congreso, prohibiendo o interviniendo partidos políticos y sindicatos, estableciendo toque de queda y estricta censura y estado de sitio..."[122].
Pinochet fue nombrado Presidente de la República por los demás integrantes de la Junta de Militar el 17 de diciembre de 1974 y con la ayuda del General chileno Manuel Contreras organizó la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). “...En junio de 1974 el gobierno estableció una policía secreta, la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA), a fin de perfeccionar sus capacidades de inteligencia y control. La DINA, junto con otras fuerzas represivas, detuvo e interrogó a su gusto, operó centros de tortura, llevó a cabo asesinatos y desapariciones e intimidó a potenciales antagonistas y al pueblo en general..."[123]. La aparición de la DINA marcó sin duda el epítome del totalitarismo del gobierno de Pinochet. “...El peor periodo de la 'guerra sucia' en Chile coincide con la notable existencia de la DINA. Cuando se creó después del golpe [de Estado], se suponía tendría el papel de coordinar el trabajo de los totalmente separados departamentos de inteligencia de las tres ramas de las fuerzas armadas y Carabineros...”[124].
El golpe de Estado de 1973 rompió la tradición democrática que había distinguido a Chile durante los últimos años. Pero el ambiente previo a este suceso ya vislumbrara la posibilidad de una guerra civil generada por el crecimiento del descontento social y la crisis económica en la que se encontraba el país. “...El golpe del 11 de septiembre de 1973 acabó con la distintiva tradición chilena de gobierno civil y constitucional. Dado el deterioro extremo de las condiciones políticas y económicas, el golpe sorprendió a pocos observadores, pero la brutalidad con que se llevó a cabo sí fue sorpresiva, incluso para muchos partidarios de la intervención militar..."[125].
Hasta ese momento, las fuerzas armadas de Chile se habían mantenido siempre al margen de las crisis sociales, manteniendo siempre una postura neutra y un papel de guardianes del orden civil. Pero la amenaza de levantamientos armados e ingobernabilidad fueron la excusa que esperaban para llevar a cabo el golpe de Estado, justificando sus acciones en el resguardo de la seguridad nacional y en la defensa del país de posibles insurrecciones comunistas que imitaran a Cuba. Bajo esas mismas excusas, la libertad de expresión y las protestas en las calles fueron objeto de la opresión del gobierno militarizado.
La represión de la libertad de expresión dejó a los miembros de instituciones religiosas como los únicos posibilitados a defender los derechos humanos. “...Con la desaparición de todos los partidos políticos, sindicatos y otras organizaciones sociales, sólo la iglesia, sobre todo la Iglesia Católica, pudo protestar efectivamente contra las arbitrarias acciones de la fuerza de policía secreta, la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA)..."[126]. Pero en noviembre de 1975 Pinochet ordenó la disolución de los comités formados por los religiosos argumentando que éstos tenían tendencias comunistas “...Una vez suprimidos los medios para criticar las acciones de la autoridad fueron suprimidos, los únicos capaces de la defensa de los derechos humanos eran las iglesias. El Arzobispo de Santiago, el Cardenal Raúl Silva Henríquez, lideró la organización del Comité de Co-operación para la Paz junto a los líderes Protestantes y Judíos. Este comité se estableció para ayudar a las familias de los prisioneros y víctimas del golpe [de Estado] [...] En noviembre de 1975 Pinochet ordenó la disolución del comité argumentando que éste era un medio para que Marxistas y otros extremistas crearan problemas, y el comité tuvo que disolverse..."[127].
Poco después del golpe de Estado, con la ayuda del general Sergio Arellano Stark, Pinochet llevó a cabo uno de los actos más brutales de su régimen, la llamada Caravana de la Muerte. “...El 18 de septiembre de 1973 La Tercera recogió en su primera página, debajo de una fotografía suya de cuerpo entero, la sentencia del dictador que marcó aquellos años: 'No habrá piedad con los extremistas'. Por eso, ante la actuación más comedida de los comandantes de varias guarniciones, Pinochet designó al general Sergio Arellano Stark, uno de los golpistas de primera hora, al frente de una comitiva que recorrería el país de sur a norte y que estaría integrada por oficiales de reconocida brutalidad, fogueados desde el mismo 11 de septiembre en el exterminio de los partidarios del Presidente Allende. Su misión era masacrar a decenas de prisioneros a fin de sembrar el terror no sólo entre la ciudadanía -e intentar anular así todo intento de resistencia democrática-, sino también en el seno de las propias Fuerzas Armadas, para alinear y comprometer a todos sus miembros en el genocidio planificado por la junta. [...] El domingo 30 de septiembre un helicóptero puma despegó del aeródromo de Tobalaba, en Santiago..."[128].
Con la Caravana de la Muerte en marcha y la ayuda de la DINA, Pinochet introdujo como política de Estado la detención, tortura, asesinato, desaparición o exilio de quienes se hubiesen involucrado con el Gobierno anterior, configurando el concepto de “terrorismo de Estado”. Las detenciones y las redadas a poblaciones populares se incrementaron de sobremanera, mismas que concluían en allanamientos masivos, fusilamientos in situ.
A su vez, se organizó también la llamada Operación Cóndor, un plan para la cooperación mutua entre las dictaduras militares de Latinoamérica para la persecución de sus detractores. La autora Stella Calloni cita un cable de 1976 enviado al gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica por el coronel Robert Scherrer, agente especial del FBI, para darnos una idea de lo que fue la Operación Cóndor: "...'Este es el nombre en código para la recolección, intercambio y almacenamiento de información de inteligencia sobre los llamados izquierdistas, comunistas o marxistas, que se estableció hace poco entre los servicios de inteligencia de América del Sur que cooperan entre sí para eliminar de la zona las actividades terroristas-marxistas. Además, la Operación Cóndor propicia operaciones conjuntas contra objetivos terroristas en los países miembros para llevar a cabo represalias que llegan al asesinato contra supuestos terroristas o sus apoyos y soportes, o a perseguirlos en las naciones miembros de la Operación Cóndor'..."[129].
En 1977, como consecuencia de la presión internacional provocada por el asesinato con un coche bomba en la embajada de Chile en Washington de Orlando Letelier un año antes, de la DINA fue disuelta. En los tres años en los que estuvo operando la DINA se llevaron a cabo innumerables violaciones a los derechos humanos y sus integrantes fueron los mayores y más temidos represores de la dictadura de Pinochet. En realidad la DINA siguió operando como instrumento represor del Estado, pero esta vez bajo el nombre de Central Nacional de Informaciones (CNI), con la única diferencia de que sólo podía detener definitivamente a una persona mediante una orden judicial. “... La intensa conmoción nacional e internacional provocada por el caso Letelier (y las fuertes opiniones en el interior del Ejército) obligaron a Pinochet a desmantelar en cierta medida la DINA. Ésta fue reemplazada (en agosto de 1977) por una policía secreta algo más reducida y conocida como la Central Nacional de Informaciones (CNI). A estas alturas, el nivel de represión había disminuido un poco [...] Sin embargo, las desapariciones, la tortura el asesinato siguieron ocurriendo a intervalos regulares casi hasta el final del régimen militar..."[130]. Pero bajo la excusa de una “detención provisional”, la CNI continúo con la captura masiva de detractores del Estado.
En 1983, como consecuencia de la Ley 18 134 (de 1982), los sectores obreros organizaron protestas en contra del régimen militar. Tales manifestaciones se acompañaron de huelgas, mítines en las calles y cacerolazos que ocasionaron otras movilizaciones populares en contra de la represión del Gobierno de Pinochet que terminaron con la muerte de varios manifestantes. “...Desde mayo de 1983 ha habido movimientos de protesta nacional contra el régimen militar casi todos los meses. Estas protestas han sido acompañadas ocasionalmente de llamados a huelgas generales o parciales, y han incluido manifestaciones callejeras, concentraciones públicas, desfiles de distintos tipos y, por las tardes, barricadas en los barrios populares, ruidos de cacerolas golpeadas con cucharas o con otros implementos de cocina por grandes sectores de las principales ciudades. [...] El inicio de esta ola de protestas generalizadas se remonta directamente al desarrollo de la oposición del movimiento obrero a las políticas gubernamentales. La gota que colmó el caso fue la ya mencionada ley 18 134, llamada 'ley del piso'. Los términos de la ley fueron discutidos en un congreso de la Confederación de Trabajadores del Cobre (CTC, sin duda el sector sindical más importante de Chile) celebrado a finales de julio de 1982. Ese congreso acordó manifestar su repudio a los términos de la ley y resolvió exigir al gobierno su derogación, amenazando con paralizar totalmente las labores en la industria del cobre si las autoridades no lo hacían [...] La respuesta al movimiento de protesta sobrepasó con creces las expectativas más optimistas de los dirigentes laborales que la convocaron. Estos pensaron que el movimiento se haría sentir ciertamente en los campamentos mineros y en los barrios netamente obreros. Sin embargo, el día de la protesta disminuyeron notoriamente la actividad comercial y del tránsito, hubo elevado ausentismo escolar, manifestaciones de los estudiantes universitarios y una estruendosa respuesta al llamado a golpear vespertinamente las cacerolas..."[131].
Ya en el año 1998, el 16 de octubre concretamente, tras abrirse los archivos de la llamada Operación Cóndor, Pinochet es detenido en Londres por la Scotland Yard para ser enjuiciado por genocidio, tortura y terrorismo de Estado con la orden dictada por el Juez español Baltazar Garzón. “...La histórica detención del ex dictador chileno Augusto Pinochet en Londres la madrugada del 16 de octubre de 1998, cuando agentes de la Scotland Yard le comunicaron que quedaba bajo arresto domiciliario en la clínica London adonde había sido operado de una hernia lumbar, tendría una importancia vital para la difusión de documentos secretos de varios gobiernos y para romper pactos de muerte. Pinochet fue detenido por una orden de captura internacional librada por el juez español Baltazar Garzón, quien lleva adelante un juicio por genocidio, torturas y terrorismo contra los militares de las dictaduras de los años setenta en el Cono Sur. También pidieron su captura los gobiernos de Suiza, Suecia, Dinamarca, Luxemburgo, Francia y Bélgica. Fue la noticia de 1999..."[132]. Pero la inmunidad diplomática de la que gozaba Pinochet y su estado de salud orilló a las autoridades que pretendían enjuiciarlo a determinar su liberación por razones humanitarias.
El ex dictador regresó a Chile para toparse con la noticia de que el juez Guzmán había iniciado su proceso de desafuero para enjuiciarlo por su responsabilidad en la operación Caravana de la muerte y por enriquecimiento ilícito. El desafuero se logró y se determinó que Pinochet estaba en condiciones psiquiátricas de afrontar un juicio, pero el 3 de diciembre de 2006 fue hospitalizado después de sufrir un infarto de miocardio y una semana después murió en el hospital. Pinochet murió sin enfrentar una condena por las violaciones a los derechos humanos y terrorismo de Estado que se dio en Chile durante su dictadura.
Pese a que las manifestaciones chilenas en contra del Gobierno de Pinochet terminaron por lo general en trágicas persecuciones, acoso y muertes de los manifestantes, tales actos en contra de la libertad de expresión, aunque tarde, fueron repudiados a nivel internacional y se pretendió castigarlos. Pese a que lo más probable es que para el final de la presente investigación aún no haya terminado el juicio contra el ex presidente argentino Fernando de la Rúa, podemos predecir sin mucho temor a equivocarnos que, independientemente de si se dicta una sentencia o no, culminará con la condena internacional de los actos represores del ex mandatario argentino: en nuestros días, actos que van en contra de la libertad de expresión son rechazados en todo el mundo.
1.4.3. ESTADOS UNIDOS: GRITOS EN CONTRA DE LA GUERRA POR EL PETRÓLEO
Las manifestaciones mundiales contra la guerra de Estados Unidos de Norteamérica en contra de Irak fueron un hecho sin precedentes. Por la respuesta internacional que recibieron, fue la primera convocatoria de carácter global en la historia de los movimientos en las calles. Su objetivo fue impedir la invasión por parte de los Estados Unidos de Norteamérica a Irak de 2003. Estas manifestaciones repercutieron en España de manera singular, a éstas se atribuye el vuelco electoral que ayudó a José Luis Rodríguez Zapatero a llegar a la presidencia en las elecciones posteriores a la invasión (llevadas a cabo en 2004). En palabras de Noam Chomsky “…Las manifestaciones por la paz fueron otro indicador de un fenómeno muy destacable. Por todo el mundo y en Estados Unidos existe una oposición a la inminente guerra a un nivel sin precedentes en la historia estadounidense y europea en cuanto a su amplitud y a los sectores de la población que engloba…”[133].
Las mayores movilizaciones se llevaron acabo en los países que participaron directamente en la incursión militar, principalmente Estados Unidos de Norteamérica, España y la Gran Bretaña. Éstas fueron las primeras manifestaciones convocadas por diversos medios propios de nuestros tiempos (internet), y se mostró la efectividad de estos nuevos medios de comunicación masiva, dado que la protesta mundial (o marcha por la paz) se comenzó a organizar con únicamente un mes de antelación. El lema universalmente adoptado fue “No a la guerra”. Incluso un contingente femenil español, encabezado por Sara Gutiérrez, emprendió un viaje a Irak para manifestarse de manera pacífica en contra de la guerra. En sus propias palabras: “...Yo soy la que está dando la cara ante la Embajada de Iraq y es mi responsabilidad que no se cuele alguien que vaya con una finalidad distinta a la común de la Plataforma. [...] Nuestro objetivo era simple, vamos a decir NO A LA GUERRA...”[134].
El 15 de febrero de 2003 millones de personas salieron a las calles de las principales capitales del mundo a manifestarse a las afueras de las embajadas estadounidenses para expresar su rechazo en contra de la invasión a Irak. “...Un signo prometedor es que la oposición a la invasión, antes y después de ocurrida, no tiene par. En cambio, hace 41 años este mismo mes (marzo de 2003), cuando la administración de Kennedy lanzó un ataque directo contra Vietnam del Sur, las protestas fueron casi nulas. [...] Hoy las protestas populares contra la guerra son de gran escala, comprometidas y de principios, de un extremo a otro de Estados Unidos y el mundo. El movimiento por la paz actuó enérgicamente aun antes de que comenzara la nueva guerra de Iraq. [...] Los movimientos activistas de los últimos cuarenta años han tenido un efecto civilizador...”[135].
Lamentablemente la invasión se llevó a cabo el 20 de marzo de 2003. Culminó con el derrocamiento de Saddam Hussein y su posterior ejecución en diciembre de 2006. Pese a ello “...cabe albergar la esperanza de consecuencias más benignas, empezando por el apoyo del mundo a las víctimas de la guerra, de la tiranía brutal y las sanciones homicidas en Iraq..."[136].
Cabe destacar que las manifestaciones no pararon durante el desarrollo de la invasión (aunque sí fueron disminuyendo en intensidad y en número de participantes) y demostraron la oposición generalizada de la opinión pública a nivel internacional ante las actividades bélicas. “...La dirección más probable que esto formará después de una guerra con Iraq será Irán, y posiblemente Siria. Corea del Norte es un caso diferente. Lo que están demostrando al mundo con gran claridad es que si quieres impedir una agresión estadounidense, más te vale tener armas de destrucción masiva (AMD), o una amenaza de terrorismo creíble...”[137].
Tras varios operativos militares de búsqueda, Saddam Husein fue encontrado y llevado a juicio. Finalmente, el 5 de noviembre de 2006 fue condenado a muerte en la horca por crímenes en contra de la humanidad.
1.4.3.1. IMPACTO EN ESPAÑA
El gobierno español, liderado en ese momento por el miembro del Partido Popular José María Alfredo Aznar López, fue uno de los principales aliados de los Estados Unidos de Norteamérica en su “guerra contra el terrorismo”. Aunque su popularidad no era mayoritaria entre los españoles, su hábil manejo de los medios de comunicación masiva ponía a su Partido con ventaja en la celebración de las elecciones que se llevarían a cabo en el año 2004. Por los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid redefinieron el curso electoral de los comicios. “...El 11 de marzo de 2004 pasará a la historia por la tragedia de Madrid, los cerca de 200 muertos en esa guerra en la que está inmerso el mundo civilizado que lidera Bush (según sus propias palabras), y también por la contracción de una Gran Mentira. El entonces Gobierno del PP, cuyo caudillo Aznar había aparecido en todas las fotografías de los últimos meses junto a Bush en esa guerra construida para dominar el mundo, intentó ganar tiempo ante unas elecciones generales y así ocultar lo que era una evidencia [...] Fue la Gran Mentira, diseñada y construida por quienes obtienen del conflicto vasco las razones de su existencia..."[138].
Al inicio, el gobierno español, liderado por el presidente José María Aznar, atribuyó la autoría de los atentados a la organización terrorista vasca Euskadi Ta Askatasuna (ETA). “...Las sociedades española, vasca, catalana y de otras nacionalidades en el Estado español rugieron de indignación. El viernes día 12 de marzo, millones (algunos medios cifraban en once millones) de personas salieron a las calles para dar cause a su indignación. [...] Pero la semilla de la duda germinaba velozmente. Casi a la misma hora en que millones de ciudadanos se lanzaban a las calles, y conocida la noticia del desmentido de ETA, las tesis del Gobierno y su empeño en sostenerlas comenzaron a resquebrajarse: la autoría de los atentados se hizo vital entre la clase política y, como no, en la sociedad. [...] La televisión sueca, este mismo viernes, abrió sus informativos con una noticia en la que se aseguraba que el Ministerio de Defensa noruego disponía de un documento en el que se apuntaba la posibilidad de que Al-Qaeda atentara en Madrid antes de las elecciones. [...] En el citado documento, seis de sus páginas estarían dedicadas exclusivamente al Estado español. En ellas se decía que <<España es un objetivo fácil>> y que atentar antes de las elecciones presionaría a la coalición para abandonar Iraq..."[139].
La respuesta de la izquierda política española no se hizo esperar y uno de sus dirigentes, Arnoldo Otegi, “...volvió a salir, este día 12 de marzo, ante la opinión pública para acusar al Gobierno español de <<mentir deliberadamente>> y denunciar la actitud de las clase política vasca y del lehendakari Juan José Ibarretxe en particular. El dirigente abertzale vaticinó que el Gobierno estaba a la espera de que cerraran las urnas para acusar de los ataques de Madrid a los islamitas..."[140]. Ante estos acontecimientos, la popularidad de Aznar cayó considerablemente y culminaron con su derrota en las urnas durante las elecciones de 2004 “...las elecciones generales del domingo 14 de marzo [...] pusieron al Partido Popular en un aprieto y, a la postre, forzaron su derrota electoral y su salida del Gobierno..."[141].
Las movilizaciones que se suscitaron en todo el mundo como protesta contra la invasión a Irak toman una tilde especial, con ellas podemos denotar que en la actualidad las manifestaciones populares pueden servir como una voz que, lejos de buscar la anarquía y el estallido social, buscan la paz e intentan evitar derramamiento de sangre inocente.
Después de analizar los casos más sonados en nuestro continente (con excepción de México) podemos notar que las manifestaciones en las calles son acogidas por los sectores populares de América como el arma más frecuente en contra de las acciones de los grupos en el poder y, con la excepción de la omisión de tomar en cuenta a éstas por parte del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, en el resto del continente se ha logrado alcanzar objetivos que, en su momento, parecían inalcanzables (como la renuncia de Fernando de la Rúa o el enjuiciamiento de Augusto Pinochet y del propio de la Rúa), por lo que en nuestro continente, las manifestaciones sociales en las calles en nuestros días no sólo son una forma de hacer notorio nuestro repudio a los grupos de poder, sino que ahora toman la forma de identificación de diversos sectores poblacionales que buscan un mismo objetivo.
México no se ha quedado atrás en este tema. Desde los primeros años del siglo pasado las movilizaciones populares comenzaron a surgir. Durante el porfiriato las manifestaciones tuvieron sus primeras apariciones, desafortunadamente y debido a la forma política del país en aquellos años, éstas terminaron en tragedia. Años más tarde la historia tristemente se repitió: una protesta estudiantil reprimida por la fuerza durante los años sesenta que manchó de sangre nuestra historia nacional. No obstante, los manifestantes mexicanos, pese al alto costo que les ha cobrado, han conseguido consagrar su actuar y hoy son recordadas (e incluso conmemoradas) esa fechas como un símbolo de la lucha por la libertad en contra de la represión gubernamental hacia el pueblo, a grado tal que hoy día las manifestaciones en las calles son la principal forma en que el pueblo mexicano demuestra su apoyo o repudio a las realidades de nuestro país. En ese orden de ideas, al no contar México con mecanismos jurídicos –tales como el referéndum o el plebiscito- las manifestaciones en las calles son la única manera en que los ciudadanos pueden referir su postura respecto de cierto acto de autoridad o de cualquier hecho social que afecte la vida de los individuos, de ahí que sea posible afirmar que las marchas y plantones, pese al evidente acarreo que en muchos se presenta, son la forma principal en que el pueblo demuestra su apoyo o rechazo a las realidades de nuestro país .
A continuación haremos un breve análisis histórico de las más sonadas manifestaciones que en nuestro país tuvieron lugar durante el siglo pasado y el presente, a fin de esbozar una mejor idea sobre cómo las manifestaciones en las calles han ido tomando forma hasta convertirse en la única manera en la que un sector poblacional obtiene la atención del Gobierno y del resto del país. Debemos resaltar que tristemente –como previamente se hizo mención-, la falta de herramientas legales o la complicación de éstas han convertido a las marchas, mítines y plantones como las armas por excelencia del pueblo mexicano, considerando que actualmente, sin importar la entidad federativa de la que se trate, si es en México, la mejor manera de llamar la atención es una marcha, un mitin o un plantón.
1.5.1. REVOLUCIÓN MEXICANA: DE LAS MASACRES EN RÍO BLANCO Y CANANEA A LA CONSTITUCIÓN DE 1917
A principios del siglo XX dos huelgas de extraordinaria importancia marcaron la historia del origen del movimiento obrero mexicano. Tales huelgas se dice que comenzaron a surgir incluso desde finales del siglo XIX “...Hacía el final [del siglo XIX] también surgieron conflictos de trabajadores y empresarios en forma de huelgas, así como por reivindicaciones socialistas que en ocasiones resultaron en rebeliones rurales...”[142].
Durante la época del porfiriato, las condiciones laborales se destacaban por la sobreexplotación obrera y la prohibición de los sindicatos. Tales injusticias son descritas por el autor Benjamín Arredondo de la siguiente manera: “...Justamente la absoluta protección a los capitalistas reanudó en perjuicio de los obreros: salarios bajos y permanentes; sin derecho a vacaciones, ni ayuda para viviendas, ni servicios médicos, a cambio de diez a doce horas de trabajo diario. Y así un año, y el siguiente y todos los demás. ¡Ni siquiera existía el domingo como día de descanso obligatorio, y los que descansaban el domingo no recibían salario por ese día! [...] Mientras en el resto del mundo los sindicatos eran universalmente aceptados, en México, el gobierno impedía la formación de sindicatos, y de las 250 huelgas que hubo durante todo el régimen de treinta y cuatro años en que dominó la oligarquía porfiriana ni una sola alcanzó éxito completo, debido a la decidida protección que el gobierno le otorgó a una sola de las dos partes en pugna: la parte patronal...”[143].
Las malas condiciones laborales ocasionaron que en junio de 1906, en Sonora, varios trabajadores de las minas de Cananea estallaran una huelga para exigir mejora en las condiciones de trabajo. El resultado fue la muerte de varios de esos trabajadores. El propio Benjamín Arredondo se remite a algunos reportajes que John Kenneth Turner, (periodista estadounidense de la época) publicó sobre dichos acontecimientos:
En 1906 la situación era insoportable, y para colmo, un capataz norteamericano (sic), sádico y saturado de un espíritu de superioridad, se solazaba en insultar y molestar al máximo a los mineros mexicanos. Estos, dirigidos por cuatro mineros preparados y valientes, Lázaro Gutiérrez de Lara, Manuel M. Diéguez, Esteban Baca Calderón y José María Ibarra, lograron unirse estrechamente y pedir a la empresa la destitución del sádico capataz, condiciones más higiénicas para el trabajador y el mismo salario que se pagaba a los norteamericanos (sic) por igual trabajo.
La empresa respondió que “por medida de precedente” no podía remover a ninguno de sus empleados por petición de los trabajadores, y en cuanto al salario, no lo igualaba porque no se podía comparar un trabajador mexicano con uno norteamericano (sic).
[...]
Al ser rechazadas sus peticiones, los obreros de Cananea iniciaron la huelga el día primero de julio de 1906. Por la tarde hicieron una manifestación, e invitaron a los obreros de la sección de carpintería a que se unieran a ellos. Al aceptar los carpinteros y madereros, los norteamericanos (sic) se enfurecieron, y dos de ellos, los hermanos Metcalf, exactamente tal y como aparece en las películas del oeste que proyecta nuestra televisión, hicieron fuego sobre los obreros mexicanos, completamente indefensos, matando a diez de ellos. Los manifestantes se indignaron en tal forma, que sin más armas que sus puños se lanzaron contra los Metcalf y los destrozaron a puntapiés y puñetazos.
La lucha se generalizó, acudiendo el coronel Luis Medina Barrón con cien rurales a proteger a los norteamericanos (sic).
Hasta allí, el procedimiento podía explicarse: se trataba de proteger la vida de un grupo de extranjeros para ahorrarle complicaciones al país, y de evitar la destrucción de la industria.
[...]
Había un batallón de caballería al mando del coronel Barrón; mil de infantería a las órdenes del general Luis Torres quien se trasladó con sus fuerzas a toda prisa desde el río Yaqui para someterse a los propósitos de Greene [Dueño de la Cananea Consolidated Copper Co., industria minera en la que los hechos que se narran tuvieron lugar]; el cuerpo de policías particulares de Greene y un batallón de “la acordada”.
Todos ellos participaron en la matanza. Los mineros encarcelados fueron colgados. Otras fueron llevados al cementerio donde los obligaron a cavar sus fosas y allí mismo fueron fusilados. Condujeron a otros centenares de mineros a Hermosillo donde fueron consignados al Ejército Mexicano. Otros pasaron a la colonia penal de las Islas Marías y, en fin, muchos más fueron sentenciados a largas condenas[144].
Así, las huelgas fueron mal vistas por las clases altas, al grado de que el Gobierno en turno amenazó con castigarlas severamente, tal como lo había hecho en Cananea. Sin embargo, el precedente ya estaba marcado y la flama de la lucha social había sido reencendida en México por la clase obrera. Para Jorge Sayeg “...Cananea representa, en dicho sentido, el primer movimiento obrero de importancia; la primera acción liberal independiente que los trabajadores mineros de aquella población fronteriza realizaban, a fin de obtener no solamente mejoría en cuanto a sus condiciones de trabajo, sino el respeto a su dignidad y a la igualdad en razón de la nacionalidad...”[145].
Como consecuencia de la decisión del presidente Porfirio Díaz de reanudar de inmediato las actividades empresariales sin satisfacer las demandas obreras, el 7 de enero de 1907 en Río Blanco, en Veracruz, los trabajadores de las fábricas textiles se pusieron en huelga para exigir mejoras en las condiciones de trabajo. Benjamín Arredondo nos remite nuevamente a los reportajes de John Kennet Turner para recordar este evento:
De más desastrosas consecuencias para los trabajadores fue la huelga de Río Blanco, Orizaba, Estado de Veracruz.
Los 6 000 trabajadores de la fábrica de Río Blanco no estaban conformes con pasar 13 horas diarias en compañía de esa maquinaria estruendosa y en aquella asfixiante atmósfera sobre todo con salarios de 50 a 75 centavos al día [...] Era natural que los obreros de Río Blanco no estuvieran contentos. El poder de la compañía se cernía sobre ellos como una montaña. En apoyo de la compañía estaba el propio Porfirio Díaz puesto que él no sólo era el Gobierno, sino un fuerte accionista de la Compañía.
[...]
Los obreros de Río Blanco [...] se negaron a entrar a sus labores, acudiendo a impedir que algún traidor, o bien obreros-esquiroles, reclutados a base de hambre por los industriales, pretendieran entrar.
La situación era muy tirante. Al penetrar una pobre mujer, madre de muchos niños a la tienda de raya, a pedir a cuenta de su salario, algunos alimentos para sus hijos, el tendero se los negó añadiendo malas palabras. Un obrero le reclamó, y sobrevino la discusión. El tendero sacó la pistola y el obrero cayó muerto. Furiosos los huelguistas se lanzaron sobre la tienda de raya destruyéndolo todo, y quemando la tienda. Después se dirigieron en manifestación hacia el centro de Orizaba.
Informadas las autoridades de lo ocurrido, el general Rosalio Martínez ordenó al 12o. Regimiento de Infantería que se escondiera y parapetara en una curva que hace el camino, como si se tratase de una gran batalla. Aparecieron los obreros, completamente indefensos, a quienes acompañaban muchas mujeres y algunos niños, y entonces el criminal Rosalio Martínez que era nada menos que Subsecretario de Guerra del gobierno de Díaz, ordenó fuego a discreción, muriendo unos doscientos obreros, entre ellos muchas mujeres y niños. Los manifestantes huyeron despavoridos perseguidos por los soldados que sin piedad los asesinaban por la espalda. Otros doscientos trabajadores, entre muertos y heridos, cayeron en la sangrienta cacería para satisfacción de muchos aristócratas y señorones de la capital. Al menos, esa satisfacción manifestaba el periódico gobernista “El Imparcial” en un editorial intitulado: Así se gobierna[146].
Las movilizaciones de los trabajadores no pararon pese a la represión del gobierno. Cabe señalar que hay quienes piensan (con lo cual concordamos) que estos dos grandes eventos fueron los verdaderos antecedentes de la Revolución Mexicana, destacando el hecho de que ambos movimientos fueron apoyados por partidarios anti-porfiristas. Para apoyar esto, nos remitiremos a Sergio de la Peña, quien menciona que “...Los liberales floresmagonistas influyeron sobre los grandes movimientos laborales e intentos de rebelión de la primera década del siglo (Cananea, Río Blanco, Acayucan, Casas Grandes, Viesca)...”[147]; a su vez, Oscar Castañeda también aporta elementos que apoyan estos argumentos: “...Un paréntesis: las huelgas de Cananea y Río Banco, y varias de las ferrocarrileras, fueron organizadas y dirigidas por el PLM...”[148].
Así, pese a que la inconformidad era generalizada en contra del gobierno de Díaz, ningún movimiento opositor realmente obtuvo buenos logros por la falta de sustento ideológico que motivara a los sectores sociales a unirse en contra del régimen de la época. Sin embargo, la fundación del Partido Antirreeleccionista por Francisco I. Madero, planteó una verdadera amenaza en contra del gobierno del Presidente Porfirio Díaz. Madero, tras ganar popularidad, fue encarcelado por órdenes de Díaz, acusándolo de alentar revueltas; pero Madero logró escapar a los Estados Unidos, lugar donde planificó y lanzó el famoso Plan de San Luis.
En este Plan, Madero desconocía la reelección de Porfirio Díaz convocando a nuevas elecciones, incitando a su vez al pueblo a levantarse en armas en caso de ser necesario. Tras ser dado a conocer el mencionado Plan de San Luis así como la recientemente descubierta conspiración en contra de Díaz en Puebla, se provocó la sublevación de la población, hechos que ocasionaron levantamientos generalizados de los cuales se destacan el de Emiliano Zapata en el Estado de Morelos y el de Francisco Villa en el Estado de Chihuahua.
En vista del descontento poblacional a nivel nacional, Díaz dejó el cargo en 1911 y se exilió en Francia el resto de su vida. Madero ganó las elecciones prácticamente sin oposición; sin embargo, varios errores le hicieron perder popularidad casi de inmediato, entre los que destacan el aplazamiento de la apremiante situación campesina y obrera por darle prioridad a la política interna, y su insistencia en el desarme de los rebeldes quienes no negociaron sin que se les ofrecieran garantías.
Un golpe de Estado orquestado por dos porfiristas (el Jefe de la Armada Victoriano Huerta y el entonces embajador de los Estados Unidos) terminó con el efímero gobierno de Madero, quién fue ejecutado en 1913. Con el apoyo de los terratenientes y el gobierno estadounidense, Victoriano Huerta tomó el poder. En respuesta, Venustiano Carranza organizó un ejército para combatir al gobierno de Huerta. “…Cuando Carranza levantó la bandera de la revolución contra Huerta, fue fácil convencer a las masas obreras y campesinas, así como al pueblo en general, de que el asesinato cometido por Victoriano Huerta en las personas de las autoridades legítimas de la República era motivo suficiente para reiniciar la lucha, interrumpida por los tratados de Ciudad Juárez, contra el viejo ejercito federal y las clases dominantes, aunque una vez más se echara en el olvido que tanto los obreros, como los campesinos querían ya, para satisfacción de sus más ingentes necesidades, ver condensados, en hechos, sus afanes…”[149].
Así, Carranza lanzó el Plan de Guadalupe en el que desconoció al General Victoriano Huerta como Presidente de la República, en palabras de Ignacio Muñoz “...El general Victoriano Huerta [...] dio un cuartelazo o lo que se quiera, deponiendo al Presidente de la República y, según se dice, mandándolo asesinar..."[150]. Sin embargo, Zapata, aún con el alma herida, no confiaba plenamente en Huerta por la experiencia vivida con Madero y consideraba que Huerta tampoco daría una pronta solución a la situación campesina por la que él luchaba. Aunado a ello, Huerta comenzó a tener problemas con el General Francisco Villa, mismo que había ganado un prestigio elevado gracias a sus avances y conquistas logradas en el territorio del norte del país apoyado por su División del Norte. Huerta vio desmoronarse poco a poco a su gobierno por lo que, antes de que se le presentaran mayores problemas, abdicó del cargo presidencial y emigró a Europa, donde fue recibido con los brazos abiertos por el gobierno inglés. El Licenciado Carbajal sucedió en el poder a Huerta y de inmediato intentó pactar la paz con Obregón y Carranza.
Tras pactar la paz mediante los Tratados de Teoloyucan, sólo quedaba por resolverse el conflicto con Villa, quien avanzó a Aguascalientes para asistir a la Convención que ahí se llevaría acabo, misma en la que se nombró como Presidente de la República a Eulalio Gutiérrez, hecho que no aceptó Carranza y huyó a Veracruz para nuevamente preparar una ofensiva en contra de Villa. Entretanto, Villa y Zapata avanzaron a la Ciudad de México en donde se reunieron para después marcharse, dejándola a merced de los carransistas.
Cuando Carranza tomó la Ciudad de México (gracias a las casi nulas defensas que en ésta dejaron Villa y Zapata) logró que se reconociera su gobierno por parte de algunos países sudamericanos así como de el gobierno estadounidense, hecho que molestó a Villa, quién además comenzó a perder batallas en contra del ejército carransista a cargo del General Álvaro Obregón. Ante el descontento y las continuas derrotas (así como la reducción de su ejército), Villa invadió pequeñas ciudades de Estados Unidos como una venganza en contra del gobierno estadounidense por haber reconocido el gobierno de Carranza, con la intención no sólo de causar estragos en el territorio del vecino país, sino con la esperanza de provocar un conflicto entre ambos gobiernos. “...Tan violenta fue la reacción de Villa por el reconocimiento al gobierno carrancista por parte de los Estado Unidos, que fraguó el asalto a la población fronteriza de Columbus, acto que consumó el 9 de marzo de 1916. [...] El objetivo de Villa no era, como es de advertirse, el adueñarse de la plaza americana en la que había una fuerza más o menos igual a la suya, sino el provocar un conflicto internacional en contra de Carranza, sin detenerse por las consecuencias que un hecho así pudiera tener para nuestro país..."[151].
Los estragos ocasionados por el golpe que dio a Columbus resonaron en los oídos del gobierno estadounidense quien, como respuesta, envió un ejército de diez mil hombres a buscar a la División del Norte (conformada en ese momento por sólo trescientos hombres). Las fuerzas estadounidenses invadieron territorio mexicano con la excusa de buscar a Villa, pero fueron repelidos por los ciudadanos de las poblaciones donde iban pasando, ocasionándole a la fuerza invasora bajas que no imaginaban (especialmente por su supuesta superioridad numérica y armamentista). Con lo anteriormente expuesto es que se resalta que la Revolución Mexicana comenzó a formar en los ciudadanos del país un espíritu de nacionalismo y de defensa de la soberanía nacional, con lo cual podemos incluso afirmar que, en ese sentido, la Revolución Mexicana tuvo éxito en lograr una identidad nacional propia del pueblo mexicano; “...el 15 de marzo, las tropas norteamericanas (sic) en número de diez mil hombres, con toda clase de elementos, cruzaron la frontera mexicana al mando del general John R. Pershing, para abandonar su aventura el 5 de febrero de 1917, no sin poner de relieve, durante ese tiempo: 1) su incapacidad para atrapar a Villa, pretexto de su intervención en México; 2) su desairada posición frente a un pueblo decidido a defender su independencia hasta el sacrificio; y, 3) su deleznable actitud frente a la lucha que México libró apegado, fielmente, a los más elementales principios del derecho internacional..."[152].
De esa misma forma el propio Carranza ordenó que, sin importar que las intenciones de los estadounidenses fuesen detener a Villa, era imperativo detener el avance de las fuerzas invasoras hacia la Ciudad de México. Por ello, se dieron diversos enfrentamientos entre el ejército mexicano y el ejército estadounidense, mismos que siempre tuvieron el mismo resultado: derrotas de la fuerza invasora. De la misma manera, en cuanto algún poblado sabía que habría enfrentamiento con fuerzas estadounidenses por parte del ejército mexicano, los pobladores acudían con armas propias a apoyar al ejército carransista (sin importar si éstos eran villistas o zapatistas), cuestión que fue reforzando ese mismo sentido de identidad nacional que previamente se comentó y que, a la postre, resultaría en una especie de presión hacia Carranza para que, como una especie de gratificación, se reflejará en el otorgamiento de garantías a la clase campesina en la promulgación de la Constitución de 1917.
Así, tras los asesinatos de Villa y Zapata y la retirada de las fuerzas invasoras estadounidenses, el gobierno carransista se puso a trabajar en la Constitución que a la postre se promulgaría el 5 de febrero de 1917, misma en la que efectivamente se reflejó el apoyo dado a su ejército por parte de los sectores campesinos en su lucha contra la invasión de los vecinos del norte. En palabras de José Mancisidor “…A la actividad incansable de este grupo [el Congreso Constituyente] se debió que la constitución de 1917 tuviera un artículo 3°, un artículo 27, un artículo 123 y proclamaba la enseñanza laica, entendida de esta enseñanza como nacida de la aplicación de la interpretación científica, en contra del criterio ortodoxo religioso. El segundo, o sea el 27, empezaba por dejar bien establecido el derecho de propiedad privada, aunque precisando que el que se refiere a las tierras y aguas corresponde en principio a la Nación, la que ha poseído y posee la facultad de transmitir este derecho a los particulares para constituir la propiedad privada. Fijaba el derecho que posee la Nación de imponer a la propiedad privada las modalidades que dicte el interés público, de la misma manera que el de conseguir por el aprovechamiento de los elementos naturales, una distribución equitativa de la riqueza [...] Si se analiza el contenido de este artículo se reconocerá que el esfuerzo del zapatismo no es infructuoso, puesto que en él se condensaba el programa por el que tanto había luchado […] En el artículo 123, relacionado con el problema obrero se creaba a las legislaturas locales la obligación de expedir leyes del trabajo de acuerdo con las necesidades regionales, pero sin violar los lineamientos generales que se señalaban…” [153].
Como podemos notar, la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos del 5 de febrero de 1917 significó, en aquellos días, una gran conquista para el pueblo mexicano (si no es que la más importante en nuestra historia actual), especialmente si se considera el retraso económico, político y social que sufría el país en esa época. Por ello, al ser comparado el México de principios del siglo XX con las potencias de la época, podemos afirmar que nuestra nación dio un salto importante, logrando inclusive rebasar en cuestión de justicia social a la gran mayoría de los países, incluidas las potencias mundiales. Con ello, México se convirtió en el ejemplo a seguir de “los explotados de otras naciones”, puesto que la Constitución del 5 de febrero de 1917 fue la primera en el mundo en reconocer derechos sociales y, de manera conjunta, en base a la historia de la promulgación de la misma, podemos pensar que constituyó también una fuerza en contra del expansionismo estadounidense al delimitar la propiedad del territorio nacional, fijando así un camino digno de seguir para los demás países del mundo.
Por lo anterior, es también posible afirmar que lo que comenzó como la pequeña lucha de un grupo de obreros que exigían igualdad, culminó con la promulgación de nuestra máxima ley, la Carta Magna, misma que no sólo resulta importante para nuestro tema de estudio, sino para la historia de nuestro país y para el resto del mundo en cuanto al reconocimiento de derechos sociales. Por ello, al pensar en la Constitución del 5 de febrero de 1917, no debemos olvidar mencionar que todo inició con un pequeño grupo de manifestantes en Cananea, y después en Río Blanco, los cuales alzaron su voz hasta alcanzar una lucha armada nacional que, al final del día, terminó con la consagración de su objetivo: el reconocimiento de sus derechos.
Por ello es de resaltarse la importancia de las primeras manifestaciones sociales en México, puesto que sin ellas no hubiese existido una excusa para levantar las armas en contra del General Díaz, excusa sin la que los primeros revolucionarios no hubiesen conseguido el apoyo del pueblo: sin Cananea y sin Río Blanco, la Revolución Mexicana no hubiese contado con apoyo popular y, sin ese apoyo, nuestra historia simplemente sería otra.
1.5.2. 2 DE OCTUBRE
La mañana del 2 de octubre de 1968 ocurrió en la Ciudad de México un hecho conocido como la matanza de Tlatelolco en la Plaza de las Tres Culturas. Este acontecimiento hoy es catalogado como una agresión militar fraguada por el gobierno mexicano en contra de un grupo de manifestantes.
Hasta el día de hoy no se ha logrado precisar con claridad la cantidad de personas asesinadas en aquél fatídico día. Algunos estiman que fueron cerca de 300 personas; no obstante, la mayoría de las fuentes gubernamentales reportaron una estimación de entre 40 y 50 decesos. Aunado a ello decenas de personas resultaron heridas y otras tantas fueron detenidas y acusadas por supuestos delitos políticos.
Para poder entender por qué se cita este hecho como un antecedente de suma relevancia para nuestro tema de estudio, comenzaremos por dar los antecedentes que dieron origen a este acontecimiento:
1. El 22 de julio de 1968 un incidente derivado de un juego de fútbol americano, provocó el enfrentamiento entre estudiantes de las vocacionales 2 y 5 y estudiantes de la preparatoria Isaac Ochoterena.
2. El 23 de julio del mismo año, los estudiantes de las citadas vocacionales se reunieron en la Plaza de la Ciudadela para lanzar un ataque contra estudiantes de la preparatoria Isaac Ochoterena. Para calmar los disturbios el Cuerpo de Granaderos intervino, lo que ocasionó lesionados por ambos bandos.
3. El 26 de julio, como consecuencia de dicha intervención de granaderos, estudiantes del Instituto Politécnico Nacional efectuaron manifestaciones de protesta, mismas que coincidieron con otras realizadas por comunistas que celebraban la Revolución Cubana; ambos grupos marcharon al Zócalo capitalino donde se enfrentaron a cuerpos policíacos, mismos que repelieron a los manifestantes hasta la Alameda, donde los manifestantes se recluyeron en la Preparatoria número 3.
4. Los días 27 y 28 de julio los estudiantes de las preparatorias 3 y 7 se dedicaron a secuestrar autobuses y obstruir el tránsito vehicular como protesta ante los actos de represión violenta en contra de las manifestaciones.
5. El 29 de julio diversos grupos estudiantiles (o al menos eso se piensa) realizaron actos vandálicos y enfrentaron a cuerpos policíacos y de granaderos en el Zócalo capitalino.
6. El 18 de septiembre el ejército invade Ciudad Universitaria, sede de la Universidad Nacional Autónoma de México.
7. El 24 de septiembre el ejército invade el Casco de Santo Tomás, sede del Instituto Politécnico Nacional.
Para el día 2 de octubre de 1968, tan sólo un día después de la salida de los miembros del ejército de los campus de Ciudad Universitaria y del Casco de Santo Tomás, miles de personas se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco para demandar una mayor libertad de expresión.
Mientras el mitin se preparaba, el ejército vigilaba (como comenzó a acostumbrarse en todas las manifestaciones anteriores) con la supuesta finalidad de asegurarse que no hubiese disturbios. A la par de los preparativos del mitin y de los discursos que ahí se daría a los manifestantes, miembros del Batallón Olimpia (cuyos integrantes iban vestidos de civiles con un pañuelo o guante blanco en la mano izquierda) se dirigieron hacia el edificio Chihuahua donde se encontraban los oradores del movimiento junto a varios periodistas.
Finalmente el mitin comenzó, pero instantes después de ser iniciado un helicóptero que sobrevolaba la plaza disparó bengalas, presumiblemente como señal para detener a los líderes estudiantiles. “...Las unidades del ejército se desplegaron en torno a la multitud como pinzas y en pocos minutos todas las salidas estuvieron cerradas. Desde el tercer piso del edificio Chihuahua, lugar donde se había instalado la tribuna, no podíamos ver estas maniobras y el pánico nos parecía inexplicable: los dos helicópteros que sobrevolaban la Plaza casi desde el inicio del mitin habían tomado una actitud hostil y provocadora volando a muy baja altura y en círculos cada vez más cerrados, luego habían lanzado las bengalas, una verde y otra roja; al caer la segunda se inició el pánico y los miembros del Consejo tratamos de detenerlo: ninguno de nosotros veía que el ejército avanzaba bajo la tribuna..."[155].
Al mismo tiempo y sin motivo aparente, los miembros del Batallón Olimpia apostados en el edificio Chihuahua de la Unidad Tlatelolco dispararon contra los manifestantes, mismos que se vieron atrapados entre los disparos del mencionado batallón y los del ejército. Los que lograron escapar del tiroteo se ocultaron en los edificios aledaños a la Plaza de las Tres Culturas, pero los militares continuaron su persecución hasta el interior de los departamentos en los que se escondieron los manifestantes. El resultado final de estos acontecimientos fue una masacre estudiantil. “...Yacían los cadáveres en el piso de concreto esperando a que se los llevaran. Conté muchos desde la ventana, cerca de sesenta y ocho. Los iban amontonando bajo la lluvia..."[156].
El 2 de octubre de 1968, para México, representa un capítulo histórico cuyo principal elemento fue el uso desmedido de la violencia por parte del gobierno en turno para reprimir una manifestación que, en vistas de sus participantes, tenía tintes pacíficos. Ante tales hechos, el pensamiento general de la población estudiantil se vio afectado y cambió radicalmente, puesto que ahora tenían la excusa perfecta para poder liberar sus reprimidos ánimos de expresarse en contra del gobierno del Presidente Díaz Ordaz para exigir un mejor nivel académico en la educación pública. “...Hay otro aspecto: El 68 mandó a miles de jóvenes al campo del socialismo; generó o divulgó una literatura, transformó la actitud política de las clases ilustradas, obligó al gobierno a hacer una Reforma Política. Además, sin 68 no se aplicaría el boom de la educación superior: la Universidad Autónoma Metropolitana, el Colegio de Bachilleres, los CCHs. Todas estas son secuelas que podríamos llamar positivas. Visto así, el movimiento triunfó. […] El movimiento fue democrático, legal y pacífico, de ahí su fuerza. La respetabilidad del CNH venía del hecho de que se representaba un movimiento anti-Estado, anti-PRI, pero con una cobertura legal que creció y alcanzó legitimidad porque su dirección política se preocupó permanentemente por mantener ese marco de legitimidad, pacifismo y unidad; la dirección se preocupó por que sus divisiones jamás se manifestaran hacia afuera …”[157].
El movimiento del 68 se caracterizó por su pacifismo y organización. Del mismo modo, el movimiento rompió los paradigmas de manifestaciones que hasta ese momento se presentaban, dado que las personas en ese momento no contaban con la libertad de manifestarse con la que se cuenta hoy en día: “...[los estudiantes manifestantes] necesitaban romper con la norma que impedía la libertad de expresión y con una manifestación pública en la explanada más importante del país [...] Los estudiantes, obreros, maestros, campesinos o cualquier otro grupo de la sociedad que tuviera interés por realizar un mitin político en el Zócalo, tenía que pedir permiso por escrito a las autoridades. Las manifestaciones espontáneas no estaban permitidas. El movimiento estudiantil del 68 rompió con aquella normatividad de la política nacional…”[158].
Como es notorio, el movimiento estudiantil de 1968 no sólo es de suma trascendencia (tanto para nuestro presente estudio como para la historia del país) por el desencadenamiento masivo de una nueva actitud crítica frente a las acciones del gobierno, sino porque este movimiento también implementó una forma más liberal de realizar marchas en las calles, por ello, podemos señalar que las manifestaciones estudiantiles de 1968 fueron los primeros movimientos pacíficos multitudinarios en las calles que realmente lograron centrar la atención de los grupos de poder en los manifestantes. Así, pese a la lamentable y violenta respuesta gubernamental hacía los estudiantes que se manifestaron en 1968, éstos lograron que la libertad de expresión en las calles alcanzara un nuevo nivel que, hasta ese momento, no se conocía. Del mismo modo, las movilizaciones estudiantiles de 1968 demostraron el poder de organización y convocatoria que tiene el grueso popular cuando se trata de alzar la voz para exigir al Gobierno soluciones a los problemas poblacionales y dejaron el campo preparado para que las generaciones posteriores pudiesen realizar manifestaciones en las calles con una libertad cada vez mayor.
1.5.3. OAXACA: LUCHAS DE PODER A TRAVÉS DE SU HISTORIA
A través de su historia, Oaxaca ha tenido un lugar especial durante el desarrollo de los acontecimientos más importantes de nuestro país. Cuna del Benemérito de las Américas y lugar lleno de misticismo gracias a las culturas prehispánicas que en la región habitaron. No obstante, en la historia reciente Oaxaca forjó su historia mediante contravenciones con el Gobierno central. Por ejemplo, fue el Estado que más apoyó a Porfirio Díaz durante la Revolución Mexicana lo cual ocasionó que al ser vencido el general Díaz el gobierno revolucionario dejará en un rezago social y político a Oaxaca (como “venganza” por el apoyo mostrado al dictador), situación que se ve reflejada hasta el día de hoy y que hace que Oaxaca sea uno de los Estados más pobres del país.
De esa manera, no era raro escuchar que en Oaxaca se llevaran a cabo acaparamientos de materias primas para lograr incrementos en precios, o que los movimientos populares fuesen reprimidos por la fuerza pública. “...Oaxaca se ha convertido en una entidad en la que a diario se observan distintas manifestaciones multitudinarias [...] que se utilizan como forma de protesta o para llamar la atención sobre las demandas de grupos organizados...”[159].
Los movimientos oaxaqueños se caracterizaron en un principio por la defensa y por una marcada división entre aquellos grupos que a través de movimientos sociales exigían el reparto de tierras y los que tuvieron que desarrollar estrategias para enfrentarlos por tener intereses diversos, con la influencia de las manifestaciones estudiantiles de 1968 que se llevaron a cabo en la Ciudad de México, ahora se unían para formar un frente común. “...A medida que los conflictos agrarios se extendieron y abarcaron a otros grupos sociales de trabajadores, colonos y estudiantes, las respuestas corporativas y fraccionadas de los pequeños propietarios y ganaderos, así como de los comerciantes, poco a poco se convirtieron en un movimiento coordinado que, a la vez respondía los conflictos locales, se sumó o vino a apoyar indirectamente la corriente radical empresarial nacional que criticaba las posiciones del gobierno federal..." [160].
Para la década de los ochentas las políticas subsidiarias a la actividad empresarial y el establecimiento de políticas laborales cada vez más favorables hacia los patrones (en detrimento de los derechos de los asalariados) generaron un descontento entre los sectores obreros. Aunado a lo anterior, y contrario a lo que el gobierno mexicano de López Portillo podría esperar, se sumó el descontento de los principales empresarios por el anuncio dado el 31 de agosto de 1982: la nacionalización de la banca.
En ese contexto el conflicto que se suscitó en Oaxaca adquirió una índole especial. Desde 1980 la huelga magisterial que incluyó a todos los trabajadores de la educación (iniciada y liderada por la Sección XXII del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación) sumó adeptos que, si bien no pertenecían a su gremio, sí tenían como objetivo común levantarse en contra de las decisiones políticas del Presidente López Portillo. No obstante, la radicalización del movimiento del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) ocasionó la ruptura en las relaciones de éste con los gremios empresariales, puesto que los líderes empresariales veían como una acción incorrecta las alianzas del SNTE con grupos políticos de izquierda. “...A medida que el movimiento magisterial se generalizó las acciones de los maestros se tornaron más radicales, las opiniones de los empresarios comenzaron, también, a variar de tono. Cuando los maestros pasaron de las marchas silenciosas a las proclamas de sus demandas, cuando entraron en alianza con otras fuerzas sociales, y cuando hicieron de la calle su lugar de reunión y estancia, la condena empresarial no se hizo esperar..."[161].
La lucha magisterial en Oaxaca tomó entonces un tinte único. En ese rubro los maestros de este Estado tienen una característica por todos conocida: ganan más que en otras regiones del país pero el nivel de educación impartido en el Estado es de los más bajos de la República. Sin embargo, pese a la notoria contradicción, los maestros de Oaxaca cuentan con algo con lo que ningún otro educador de un diferente Estado cuenta: organización. Los grupos de maestros oaxaqueños son organizados como grupo y, pese a su bajo desempeño como impartidores de educación, saben movilizarse para presionar a las autoridades locales y conseguir así de manera constante aumentos salariales “...En Oaxaca no hay un educador que no haya participado, desde que estudiaba en la Escuela Normal, en alguna protesta o en algún plantón...”[162]. Así, el 22 de mayo (como se estaba haciendo costumbre anual) de 2006 se inició una huelga de profesores de la Sección XXII del SNTE quienes exigían, entre otras cosas, una nueva distribución de zonas laborales.
Para el día 14 de junio el gobernador en turno, Ulises Ruiz Ortiz, ordenó a cientos de policías intentar desalojar a los maestros. Éstos respondieron con una defensa violenta. Es claro resaltar que la memoria del pueblo mexicano aún tenía presente los hechos ocurridos en San Salvador Atenco, donde se implementó un operativo en contra de ejidatarios lugareños que habían impedido la construcción de un aeropuerto y que, a su vez, eran vinculados con el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). La lucha de los ejidatarios logró que el aeropuerto no fuese construido, sin embargo, los intereses empresariales que se vieron afectados por ese hecho y la fuerza pública intervino con lujo de violencia en el lugar. Otro hecho presente en ese momento fue la confrontación entre policías y obreros en una siderúrgica de Michoacán. Con ese par de antecedentes, la represión en Oaxaca desató una ola de protestas que dieron lugar a la unión de diversos grupos para formar la llamada Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), organización que exigía la renuncia del Gobernador. “...La Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) se constituyó en junio [de 2006] como respuesta a la represión generalizada que el gobernador del estado (sic) ordenó contra la tradicional movilización de los maestros que cada mes de mayo solicitan mejoras salariales y respeto a sus derechos como trabajadores. La demanda principal de la APPO es la resignación del gobernador del Partido Revolucionario Institucional (PRI) Ulises Ruiz Ortiz, del cual se declara llegó a la gubernatura por fraude y ha tenido una política altamente represiva contra las organizaciones sociales..."[163].
Las protestas se incrementaron no sólo en número, sino también en violencia y sólo terminaron cuando se decidió la entrada de la Policía Federal Preventiva (PFP) a Oaxaca tras la muerte del reportero estadounidense Brad Will durante un enfrentamiento entre manifestantes y agentes del gobierno. “...El 27 de octubre, tras un enfrentamiento entre 'appistas' y sicarios del gobernador, en el que muere un reportero norteamericano (sic) de Indymedia, el presidente Vicente Fox ordena la intervención de la PFP. Lo que sigue hasta el 1 de diciembre es una serie de batallas campales entre los integrantes de la APPO, posicionados en las barricadas, y la PFP, reforzada con militares disfrazados de policía [...] El último enfrentamiento masivo se da el domingo 25 de noviembre, cuando la APPO decide cercar a la PFP en el centro de la ciudad. El resultado es desastroso: varios edificios público son incendiados, entre ellos el Tribunal Superior de Justicia del Estado, la sede del Poder Judicial del Estado, las oficinas de la Secretaría de Turismo, las de la Secretaría de Relaciones Exteriores y las del Registro Público de la Propiedad..."[164].
Tras varios muertos y detenidos, la lucha de poderes y de intereses políticos entre la denominada APPO y el Gobierno Estatal continuó en las casillas electorales con un intento de boicot por parte de la APPO en contra del PRI. “...La movilización magisterial y popular del segundo semestre de 2006 no es un acontecimiento extraordinario. Si bien la violencia política no ha sido tan masiva e intensa desde 1977, lo ocurrido en la ciudad de Oaxaca es reflejo de la descomposición de un régimen político que, ante la ineficacia de los mecanismos tradicionales de clientelización y cooptación, recurre a la fuerza para mantenerse. [...] La dirigencia magisterial oaxaqueña, en su mayoría antipartidista y abstencionista, decidió movilizarse esta vez a favor de los candidatos de la Coalición por el Bien de Todos, con el propósito de presionar al gobernador, demostrando su influencia política..."[165].
Así, con el paso de los enfrentamientos, los más perjudicados fueron los ciudadanos que no estaban de acuerdo con ninguna de las dos partes, resultando ser los más afectados, puesto que eran perjudicados tanto por los plantones de la APPO como por los bloqueos que mantenía la PFP, convirtiéndose por ende en víctimas del fuego cruzado entre ambos bandos. El conflicto en Oaxaca sigue hasta el día de hoy, aunque claro, minimizado por los medios de comunicación que ya poco mencionan al respecto.
Sólo queda hacer una reflexión, Oaxaca es un Estado que refleja la realidad de las luchas entre diversos sectores populares con el poder: mientras un grupo invade una calle para reclamar un derecho, tales manifestaciones invariablemente afectaran los derechos de un tercero que nada tiene ver con ese conflicto. En Oaxaca se afectó a toda la población, puesto que su de por sí baja economía disminuyó aún más por la caída del turismo en la región ocasionada por los constantes enfrentamientos violentos entre integrantes de la APPO y la PFP. Como consecuencia de la caída económica, el Estado se sumió aún más en la pobreza. Por ende, es a bien pensar en qué tanto nos beneficia hacer una manifestación en espacios públicos.
En subsecuentes páginas, analizaremos al Derecho de Manifestación y su posible aplicación a la realidad mexicana. No podemos dejar de considerar que, si bien en otros países existen regulaciones al respecto, debemos analizar si estas son aplicables al caso de México en virtud de que cada nación cuenta con su historia propia y con particularidades específicas.
[1] REVILLA BLANCO, Marisa, El concepto de movimiento social: acción, identidad y sentido, en Última Década, Revista de el Centro de Investigación y Difusión Poblacional, Viña del Mar, 1996, número 005, p. 1.
[2] Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana, S. N. E., Editorial Espasa Clape, tomo XXXII, 1996, p. 861.
[3] IBARRA, Pedro y Benjamín Tejerina (ed.), Los movimientos sociales. Transformaciones políticas y cambio cultural, S. N. E., Editorial Trotta, Madrid, 1998, p. 117.
[4] Idem.
[5] GUILLEM MESADO, Juan Manuel, Los movimientos sociales en las sociedades industriales, Editorial Eudema, Madrid, 1994, p. 4.
[6] Ibidem., p. 5.
[7] SMITH, Ronald E. y otros, Psicología: fronteras de la conducta, segunda edición, Editorial Harla, México, 1982, p. 699.
[8] Ibidem., pp. 729-730.
[9] SMITH, Ronald E. y otros, Op. Cit., p. 735.
[10] LE BON, Gustave, Psicología de las masas, quinta edición, Editorial Morata, Madrid, 2005, p. 27-29.
[11] SMITH, Ronald E. y otros, Op. Cit., p. 737.
[14] FREUD, Sigmund, Obras completas, tr. José L. Etcheverry, séptima reimpresión, Editorial Admorrotu Editores, Buenos Aires, Volumen 18,1975, pp. 74.
[16] DAVIDOFF, Linda L., Introducción a la psicología, segunda edición, Editorial Mc. Graw-Hill, México, 1980, p. 677.
[17] TROTTER, Wilfred, Instincts of the Herd in Peace and War, traducción del alumno, Editorial Cosimo Classics, Nueva York, 2007, p. 31.
[18] IbIdem, p. 17.
[19] DICK, Philip K., ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, quinta reimpresión, Editorial Pocket Edhasa, Barcelona, 1997, p. 18.
[20] Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana, S. N. E., Editorial Espasa Clape, tomo XLIX, 1996, pp. 1099-1100.
[21] MONTANELLI, Indro, Historia de Roma, segunda edición, Editorial Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1995, p. 180.
[22] ROLDÁN HERVÁS, José Manuel, Historia de Roma I La República Romana, segunda edición, Ediciones Cátedra, España, 1987, p. 388.
[23] ROLDÁN HERVÁS, José Manuel, Op. Cit., p. 389.
[24] MONTANELLI, Indro, Op. Cit., pp. 180.
[25] ROLDÁN HERVÁS, José Manuel, Op. Cit., p. 389.
[26] ROLDÁN HERVÁS, José Manuel, Op. Cit., p. 389.
[27] Ibidem., p. 389.
[28] ROLDÁN HERVÁS, José Manuel, Op. Cit., p. 442.
[29] Idem.
[30] Idem.
[31] ROLDÁN HERVÁS, José Manuel, Op. Cit., p. 442-443.
[32] Ibidem., pp. 515-516.
[33] MONTANELLI, Indro, Op. Cit., p 216.
[35] BLOCH, Raymond y Jean Cousin, Roma y su destino, S. N. E., Editorial Labor, España, 1967, p. 233.
[38] GÓMEZ, Raúl (dir.), La Revolución Francesa, S. N. E., Editorial Dastin Export, España, 2004, p. 9.
[39] BOIS, Jean-Pierre, La Revolución Francesa, S. N. E., Editorial Historia 16, Madrid, 1989, p. 9.
[40] KROPOTKIN, Piotr, Historia de la Revolución francesa, Editorial Vergara, Barcelona, 2005, p. 13.
[41] BOIS, Jean-Pierre, Op. Cit., p. 19.
[42] JUARÉS, Jean, Causas de la Revolución francesa, segunda edición, Editorial Crítica, Barcelona, 1982, p. 34.
[43] GÓMEZ, Raúl (dir.), Op. Cit., p. 9.
[44] Ibidem., p. 35.
[45] Ibidem., p. 14.
[46] JUARÉS, Jean, Op. Cit., p. 35.
[47] BOIS, Jean-Pierre, Op. Cit., p. 33.
[48] KROPOTKIN, Piotr, Op. Cit., p. 64.
[49] Ibidem, p. 65.
[50] GÓMEZ NAVARRO, José L. y otros, Historia universal, Editorial Prentice Hall, México, 1998, p. 61.
[51] BOIS, Jean-Pierre, Op. Cit., p. 42.
[53] VOVELLE, Michel, Introducción a la historia de la Revolución francesa, S. N. E., Editorial Crítica, España, 1981, p. 26.
[54] VOVELLE, Michel, Op. Cit., p. 29.
[55] Ibidem., p. 11.
[57] PASTOR, Marialba, Historia universal, segunda edición, Editorial Santillana, México, 2003, p. 56.
[58] JELLINEK, Georg, La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, S. N. E., Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2000, pp. 41-42.
[61] GÓMEZ NAVARRO, José y otros, Op. Cit., p. 63.
[62] FIX-ZAMUDIO, Héctor (coord.), México y las declaraciones de derechos humanos, S. N. E., Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1999, p. 44.
[63] CABALLERO OCHOA, José Luis (coord.), La Declaración Universal de los Derechos Humanos. Reflexiones en torno a su 60 aniversario, Editorial Porrúa, México, 2009, p. 71.
[64] JELLINEK, Georg, Op. Cit., p. 56.
[66] LLORENTE, Pilar y Feliciano Paez-Camino, Los movimientos sociales (hasta 1914), S. N. E., Ediciones Akal, Madrid, 1991, p. 33.
[67] EGAÑA SEVILLA, Iñaki, Diccionario histórico-político de Euskal Herría, S. N. E., Editorial Txalaparta, Tafalla, Tomo I, 1996, p. 158.
[68] PANIAGUA, Javier, Breve historia del socialismo y del comunismo, S. N. E., Ediciones Nowtilus, Madrid, 2010, p. 43.
[69] MICHEL, Louise, Mis recuerdos de la Comuna, Editorial Siglo XXI Editores, México, 1973, p. 161.
[70] LISSAGARAY, H. Prosper-Oliver, Historia de la Comuna, S. N. E., Editorial Hispánicas, México, 1987, pp. 158-159.
[71] EGAÑA SEVILLA, Iñaki, Op. Cit., p. 158.
[72] GÓMEZ NAVARRO, José L. y otros, Op. Cit., p. 188.
[73] LLORENTE, Pilar y Feliciano Paez-Camino, Op. Cit., p. 33.
[74] PASTOR, Marialba, Op. Cit., p. 160.
[75] RODRÍGUEZ ARVIZU, José y otros, Historia Universal, segunda edición, Editorial Limusa, México, 1998, p. 154.
[76] PASTOR, Marialba, Op. Cit., p. 160.
[77] Idem.
[78] GÓMEZ NAVARRO, José L. y otros, Op. Cit., p. 232.
[79] BOFFA, Giuseppe, La Revolución rusa, segunda edición, Editorial Era, México, tomo I, 1981, p. 15.
[81] BOFFA, Giuseppe, Op. Cit., p. 17.
[82] BOFFA, Giuseppe, Op. Cit., pp. 32-33.
[83] GÓMEZ NAVARRO, José L. y otros, Op. Cit., p. 163.
[84] NIKIFOROVICH SOBOLEV, Piort, Historia de la gran revolución socialista de octubre, S. N. E., Editorial Progreso, Moscú, 1977, p. 12.
[85] PASTOR, Marialba, Op. Cit., p. 163.
[86] GÓMEZ NAVARRO, José L. y otros, Op. Cit., p. 234.
[88] Ibidem., p. 164.
[90] PASTOR, Marialba, Op. Cit., p. 164.
[91] GÓMEZ NAVARRO, José L. y otros, Op. Cit., p. 238.
[92] HALLETT CARR, Edward, La revolución rusa: de Lenin a Stalin, 1917-1929, octava reimpresión, Editorial Alianza Editorial, Madrid, 1999, p. 11.
[93] SEOANE, José (comp.), Movimientos sociales y conflicto en América Latina, Buenos Aires, 2003, p. 85.
[94] Ibidem., pp. 85-86.
[96] Ibidem., p. 58.
[97] Ibidem., p. 49.
[98] SEOANE, José (comp.), Op. Cit., p. 23.
[99] CALDERÓN, Fernando, Movimientos sociales y política. La década de los ochentas en Latinoamérica, Editorial Siglo XXI Editores, México, 1995, p. 75.
[100] SAN MARTINO DE DROMI, María Laura, Historia política Argentina (1955-1988), Editorial Astrea, Buenos Aires, Tomo 1, 1988, p. 274.
[101] Ibidem., p. 273-274
[102] Ibidem., p. 289.
[104]SAN MARTINO DE DROMI, María Laura, Op. Cit., p. 292.
[105] Ibidem., p. 293.
[106] MORENO, Sergio, La noche de los bastones largos. 30 años después, Editorial La Página, Buenos Aires, 1996, p. 15.
[107] SAN MARTINO DE DROMI, María Laura, Op. Cit, p. 496.
[108] Ibidem., p. 496-497.
[109] Ibidem., p. 496.
[110] CALLONI, Stella, Los años del lobo, segunda edición, Editorial Peña Lillo, Buenos Aires, 1999, pp. 15-16.
[111] PASTOR, Marialba, Op. Cit., p. 274.
[112] ALBERTO ROMERO, Luis, Breve historia contemporánea de la Argentina, segunda edición, Editorial Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2001, pp. 277-278.
[113] ALBERTO ROMERO, Luis, Op. Cit., pp. 286-287.
[114] GONSALÉZ DE CASTREJÓN, Gabriela e Isabel Martos (ed.), Argentina. Historia, política, sociedad, economía, cultura, S. N. E., Editorial Biblioteca Nueva, España, 2004, p. 113.
[115] GONSALÉZ DE CASTREJÓN, Gabriela e Isabel Martos (ed.), Op. Cit., p. 64.
[117] PASTOR, Marialba, Op. Cit., p. 272.
[118] COLLIER, Simon y William F. Sater, Historia de Chile. 1808-1994, Editorial Cambridge University Press, España, 1998, p. 304.
[119] OÑATE, Rody y Thomas Wright, La diáspora chilena. A 30 años del golpe militar, segunda edición, Editorial Urdimbre, México, 2002, p. 20.
[120] COLLIER, Simon y William F. Sater, Op. Cit., p. 305.
[121] Ibidem., p. 306.
[122] OÑATE, Rody y Thomas Wright, Op. Cit., p. 21.
[123] Idem.
[124] HICKMAN, John, News from the End of the Earth. A portrait of Chile, traducción del alumno, Editorial St. Martin’s Press, Nueva York, 1988, p. 125.
[125] OÑATE, Rody y Thomas Wright, Op. Cit., p. 21.
[128] AMORÓS, Mario, Después de la lluvia. Chile, la memoria herida, Editorial Cuarto Propio, Chile, 2004, p. 148-149.
[129] CALLONI, Stella, Op. Cit., pp. 23-24.
[131] ZAPATA, Francisco (comp.), Clases sociales y acción obrera en Chile, Editorial Departamento de Publicaciones de El Colegio de México, México, 1986, pp. 177-178.
[132] CALLONI, Stella, Operación Cóndor. Pacto criminal, segunda edición, La Jornada ediciones, México, 2001, p. 12-13.
[133] CHOMSKY, Noam, El mundo después de Iraq, Editorial Txalaparta, Nafarroa, 2004, p. 267.
[134] GUTIÉRREZ, Sara y Eva Orúe, Mujeres contra la guerra. Las españolas que plantaron cara a Bush y Aznar desde Irak, Editorial Belacqva, Barcelona, 2003, p. 14.
[135] CHOMSKY, Noam, Intervenciones, Editorial Siglo XXI Editores, Chicago, 2007, p. 14.
[136] Idem.
[138] REKALDE, Ángel y otros, 11-M Tres días que engañaron al mundo, Editorial Txalaparta, Nafarroa, 2004, p. 7.
[139] Ibidem., pp. 22-23.
[140] REKALDE, Ángel y otros, Op. Cit., pp. 24-25.
[141] Ibidem., p. 204.
[142] DE LA PEÑA, Sergio, La clase obrera en la historia de México. Trabajadores y sociedad en el siglo XX, segunda edición, Editorial Siglo XXI Editores, México, 1987, p. 46.
[143] ARREDONDO MUÑOZLEDO, Benjamín, Historia de la Revolución Mexicana, novena edición, S/E, México, 1984, pp. 55-56.
[145] SAYEG HELU, Jorge, Las huelgas de Cananea y Río Blanco, Biblioteca Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, México, 1980, p. 49.
[148] CASTAÑEDA BATRES, Oscar, Documentos para la historia del México independiente. Revolución Mexicana y Constitución de 1917. 1876-1938, segunda edición, Editorial Porrúa, México, 1989, p. 45.
[149] MANCISIDOR, José, Historia de la Revolución Mexicana, S. N. E., Editorial Proculmex, México, 1992, p. 279.
[150] MUÑOZ, Ignacio, Verdad y mito de la Revolución Mexicana (relatada por un protagonista), Ediciones Populares, México, Tomo II, 1960, pp. 256-257.
[154] SCHERER GARCÍA, Julio y Carlos Monsiváis, Parte de Guerra, Tlatelolco 68. documentos del general Marcelino García Barragán. Los hechos y la historia, Editorial Nuevo Siglo, México, 1999, p. 89.
[155] PONIATOWSKA, Elena, La noche de Tlatelolco, sexta reimpresión, Ediciones Era, México, 2003, p. 175.
[157] BELLINGHAUSSEN, Hermann (coord.), Pensar el 68, quinta edición, Editorial Cal y Arena, México, 1998, pp. 152-154.
[158] DOMÍNGUEZ NAVA, Cuauhtémoc, 1968 La escuela y los estudiantes, Jiménez Editores e Impresores, México, 2003, p. 116.
[159] ZAFRA, Gloria y otros, Organización popular y oposición empresarial en Oaxaca, Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, México, 2002, p. 9.
[162] OSORNO, Diego Enrique, Oaxaca. La primera insurrección del siglo XXI, Editorial Grijalbo, México, 2007, p. 18.
[163] STIDSEN, Sille (ed.), El mundo indígena 2007, S. N. E., Grupo Internacional de Trabajo sobre Asuntos Indígenas, Copenhague, 2010, p. 101.
[164] RECONDO, David, La política del gatopardo/Multiculturalismo en Oaxaca, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores de Antropología Social, México, 2007, p. 459.
[165] Ibidem., pp. 468-469.
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